IF I HAVE SEEN FURTHER IT IS ONLY BY STANDING ON THE SHOULDERS OF GIANTS
SIR ISAAC NEWTON

Mostrando entradas con la etiqueta Yoganada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Yoganada. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de agosto de 2012

La India, materialmente pobre en las dos últimas centurias, tiene, sin embargo, un tesoro inagotable de riqueza divina. Espirituales “rascacielos” pueden ocasionalmente ser hallados de paso

Considerando conveniente abandonar cuando antes Hardwar compramos boletos para proseguir nuestro viaje hacia el Norte, hasta Rishikesh, una tierra santificada largamente por los pies de los maestros. Yo había abordado el tren, mientras Aman seguía en la plataforma. Este fue abruptamente parado por el ¡alto! de un policía. Nuestro inoportuno guardián nos condujo al bungalow de la estación y se hizo cargo del dinero que llevábamos. Cortésmente nos explicó que era su obligación detenernos allí hasta que mi hermano mayor llegase.
Conociendo que el destino de ambos truhanes eran los Himalayas, el oficial nos relató una extraña historia:
“¡Ya veo que ustedes andan locos por los santos! Pero nunca tropezaran con un hombre de Dios como el que yo vi hace poco. Mi hermano oficial y yo lo encontramos por primera vez hace cinco días. Estábamos patrullando el Ganges en cuidadosa vigilancia de cierto asesino. Nuestras instrucciones eran de capturarlo vivo o muerto. Se sabía que andaba disfrazado de sadhu para robar con mayor facilidad a los peregrinos. A corta distancia de nosotros sorprendimos a un hombre cuyas señales coincidían con la descripción del criminal. No hizo caso cuando le ordenamos detenerse, y entonces corrimos tras él, y acercándonos por las espalda, con el hacha le di con tremenda fuerza.
El brazo del hombre quedó arrancado casi completamente. Sin proferir un grito ni mirar siquiera a la tremenda herida, el desconocido continuó, ante nuestro asombro, su rápido paso. Cuando saltamos delante de él para interceptarle el paso, con calma nos dijo: “Yo no soy el asesino que ustedes andan buscando”. “Yo estaba profundamente mortificado al ver que había herido a un hombre de presencia divina, a un sabio. Postrándome a sus pies, imploré su perdón y le ofrecí la tela de mi turbante para restañar y cubrir la enorme herida de que manaba abundante sangre”. “Hijo mío, eso no es más que un error muy explicable de tu parte”. El santo me miraba amablemente. “Sigue tu camino y no te reconvengas ni apenes por lo que has hechos. La Madre Divina cuida de mí”. Agarró el brazo colgante y lo colocó en su sitio y ¿¡oh milagro!, el brazo quedó adherido e inexplicablemente la sangre dejó de fluir. "Ven a verme bajo aquel árbol dentro de tres días y me encontrarás completamente curado. Así no tendrás más remordimientos”.
“Ayer, mi compañero y yo fuimos ansiosamente al sitio que él nos había designado. El sadhu estaba allí y nos permitió que le examináramos el brazo. ¡Este no mostraba ninguna señal o cicatriz de herida! “Voy por la vía de Rishikesh a los solitarios Himalayas”. Nos bendijo y partió rápidamente. Hoy siento que mi vida se ha elevado espiritualmente merced a su santidad"
El policía terminó su narración con una exclamación piadosa: aquella experiencia le había conmovido más allá de sus capacidades. Con significativo gesto de importancia, me dio, para que lo leyera, el recorte de un diario en donde se narraba el milagro. Con el pomposo estilo de los periódicos sensacionales (¡que no faltan tampoco en la India!), la versión del reportero aparecía bastante exagerada, indicando que el sadhu había sido poco menos que decapitado.
Amar y yo sentimos mucho no haber conocido a ese gran yogi que perdonara a sus perseguidores de tan cristiana manera. La India, materialmente pobre en las dos últimas centurias, tiene, sin embargo, un tesoro inagotable de riqueza divina. Espirituales “rascacielos” pueden ocasionalmente ser hallados de paso, aun por gentes mundanas como nuestro policía.

AUTOBIOGRAFÍA DE UN YOGUI, Paramahamsa Yogananda

lunes, 21 de mayo de 2012

EL SANTO QUE NO DUERME, de Autobiografía de un Yogui de Paramahansa Yogananda.


“Por favor, permítame que marche a los Himalayas. Espero adquirir, en medio de una soledad imperturbable, una comunión divina ininterrumpida”. En cierta ocasión dirigí estas ingratas palabras a mi Maestro. A tenaceado por una de esas inexplicables desilusiones que de vez en cuando asaltaban al discípulo, sentí una creciente impaciencia con los deberes cotidianos de la ermita y los estudios en el colegio. La única circunstancia atenuante es que esta proposición se la hice a mi Maestro cuando apenas llevaba seis meses de estar con Sri Yukteswar y aún no había comprendido lo inconmensurable de su estatura espiritual.
“Muchos hombres viven en las montañas de los Himalayas y, sin embargo, no tienen la percepción de Dios”. La contestación de mi Maestro vino lenta y sencilla. “La sabiduría se busca mejor al través de un hombre de realización, que al través de una montaña”.
Pasando por alto la insinuación clara de mi Maestro que él y no una montaña era mi instructor, volví a repetir mi súplica. Sri Yukteswar no me dio ninguna contestación y yo tomé su silencio como un tácito consentimiento, una interpretación precaria que se acepta para la propia conveniencia.
Esa noche, en mi casa de Calcuta, estuve atareado con los preparativos del viaje.
Amarré algunos artículos en el interior de una cobija, recordando al hacerlo un bulto similar arrojado a hurtadillas por la venta de mi buhardilla, unos cuantos años antes, y pensando si este nueve viaje, sería también sólo una nueva escapatoria de mala surte hacia los Himalayas. La primera vez mi gozo espiritual era exaltado; pero esa noche me sentía apenado a la sola idea de dejar a mi gurú.
A la mañana siguiente busqué al pandita Behari, mi profesor de sánscrito en el Scottish Church College.
- Señor, usted me ha hablado de su amistad con un gran discípulo de Lahiri Mahasaya.
Por favor, deme usted su dirección.
- ¿Usted se refiere a Ram Gopal Muzumdar? Yo le llamo “el santo que no duerme”, pues está siempre despierto, en conciencia extática. Su casa está en Ranbajpur, cerca de Tarakeswar.
Le di las gracias y tomé inmediatamente el tren para Tarakeswar. Esperaba silenciar mi conciencia obteniendo una sanción del “santo que no duerme”, para concentrarme en meditación solitaria en los Himalayas. El amigo de Behari, según supe, había recibido la iluminación después de muchos años de práctica de Kriya Yoga en las aisladas cuevas.
En Tarakeswar me aproximé a un famoso santuario que los hindúes veneran y
consideran lo mismo que los católicos el santuario de Lourdes, en Francia.
Innumerables milagros han ocurrido en Tarakeswar, incluyendo entre ellos uno hecho a un miembro de mi familia. La mayor de mis tías me dijo: “Yo me senté en el templo durante una semana, observando un ayuno completo, orando por el alivio de tu tío Sarada, de un mal crónico que le aquejaba. En el séptimo día, una hierba se materializó en mis manos. La maceré e hice un té para tu tío. Su mal desapareció inmediatamente y nunca más ha vuelto a aparecer”.
Entré a la capilla del santuario de Tarakeswar. El altar no contiene nada más que una piedra redonda. Su circunferencia, sin principio y sin fin, es una representación significativa del Infinito. Las abstracciones cósmicas no son difíciles aun a los más humildes campesinos hindúes, que han sido acusados por los occidentales de vivir de puras abstracciones.
Mi actitud en aquel instante era tan austera que no me sentí inclinado a reverenciar el símbolo de piedra. Dios debe buscarse, pensé, únicamente dentro del alma.
Abandoné el templo sin hacer siquiera una genuflexión, y airosamente salí de él hacia la Villa de Ranbajpur. Mi llamada a un transeúnte para orientarme causó en él una larga reflexión: “Cuando llegue usted a la encrucijada de un camino, tome su derecha y siga caminando”, dijo por fin, con aire de oráculo.
Obedeciendo sus instrucciones, vagué a lo largo de los bancos de un canal. La oscuridad se aproximaba; los suburbios del villorrio estaban llenos de luciérnagas, así como de aullidos de chacales que por ahí merodeaban. La luz de la luna era demasiado tenue para darme alguna seguridad, y así seguí tropezando durante dos horas.
Por fin, con alegría, escuché el tintineo de un cencerro, y a mis repetidos gritos se
presentó un campesino.
- Ando buscando a Ram Gopal Babu.
- Ninguna persona de ese nombre vive en esta villa. -Su tono de voz era seguro-.
Probablemente es usted un detective mentiroso.
Tratando de acallar las sospechas de su perspicacia política conturbada,
persuasivamente le expliqué mi difícil situación. Entonces me condujo a su casa y me concedió su amable hospitalidad.
- Ranbajpur está lejos de aquí -me dijo-. En el cruce de los caminos debió usted tomar a la izquierda y no a la derecha.
Con gran tristeza pensé que mi primer informante era desde luego una verdadera
amenaza para los caminantes. Después de una cena con arroz, lentejas dhal y curry con papas y plátanos crudos, me retiré a una pequeña choza adjunta al huerto. A lo lejos los campesinos de la villa cantaban, acompañados del grave son de las “mridangas”1 y címbalos. Esa noche el sueño fue inconciliable. Oré fervientemente por ser conducido al secreto yogi Ram Gopal.
Tan pronto como los primeros rayos del alba penetraron por los intersticios de mi
oscura morada, me levanté para seguir mi camino a Ranbajpur. Atravesando por campos de arroz recién cortado, tropecé con espinos y montículos de barro seco. De vez en cuando me encontraba con algún campesino, quien invariablemente me informaba que mi meta final distaba únicamente una “krosha” (dos millas). En seis horas el sol había viajado victoriosamente del horizonte hasta el meridiano; pero yo principiaba a sentir que siempre me hallaría distante de Ranbajpur por una krosha.
Al mediodía mi mundo seguía siendo un campo de arroz interminable. El calor, cayendo de un cielo inclemente, me iba aproximando a un inevitable colapso. Como viera venir a un hombre de aspecto y paso mesurados, apenas me atreví a hacerle la tan repetida pregunta, por temor de recibir la siempre monótona contestación: “Sólo una krosha”.
El caminante se detuvo a mi lado. Era ligero y corto de cuerpo, físicamente sin
importancia, con excepción de sus hermosos ojos oscuros y penetrantes.
“Había pensando abandonar Ranbajpur, pero el objeto de tu visita es bueno y decidí esperarte”. Y tronando sus dedos en mi sorprendida cara, me dijo: “¿No eres lo suficientemente listo para darte cuenta que sin previo anuncio tú no podrías encontrarme qué, señorito, no reverenció al Infinito en el símbolo de piedra que vio usted ayer en el templo de Tarakeswar? 2. Su orgullo ha sido castigado por el caminante que le dio una mala dirección, ya que él no quería molestarse en hacer distinciones entre la derecha y la izquierda. ¡Y hoy ha tenido un día bastante desagradable!”.
De todo corazón estuve de acuerdo, maravillosamente sorprendido de que un ojo
omnisciente se ocultara tras un cuerpo tan insignificante, como el que estaba ante mí.
Una energía curativa fluía del cuerpo de aquel yogui, pues inmediatamente me sentí refrescado y vigorizado en medio de aquel campo ardiente.
 “El devoto se inclina a creer que su sendero hacia Dios es el único”, dijo. “Yoga, al
través de la cual la divinidad es hallada dentro, es, indudablemente, el sendero más elevado, como nos lo ha dicho Lahiri Mahasaya. Pero al descubrir al Señor en nosotros, pronto lo percibimos en el exterior. Los santuarios de Tarakeswar y los de cualquier otra parte, son justamente venerados como centros nucleares del poder espiritual”.
La actitud censora del santo se desvaneció; sus ojos se suavizaron compasivamente y me dio unos golpecitos en el hombro.
“Joven yogui, ya veo que usted está huyendo de su Maestro. El tiene todo lo que usted necesita. Usted debe regresar a él. Las montañas no pueden ser su gurú” Ram Gopal repetía el mismo pensamiento que Sri Yukteswar había expresado durante nuestra última entrevista.
“Los Maestros no están bajo ninguna compulsión cósmica que limite su residencia”. Mi acompañante me miró inquisitivamente. “Los Himalayas de la India y del Tíbet no tienen ningún monopolio de santos. Lo que uno no se preocupa en hallar dentro de sí, no puede ser descubierto transportando del cuerpo de acá para allá. Tan pronto como el devoto quiere ir al fin del mundo por su iluminación espiritual, su gurú se le aparece cerca”.
Lo reconocí en silencio, recordando mi plegaria en la ermita de Benares, seguida por el encuentro con Sri Yukteswar, en el concurrido barrio de Benares.
“¿Puede usted disponer de un cuarto pequeño, en donde pueda cerrar la puerta y estar solo?”
“Sí”. Comprendí luego que el santo descendía de lo general a lo particular con una
velocidad desconcertante.
“Esa es su Cueva”. El yogi me lanzó una mirada de iluminación que nunca he olvidado.
“Esa es su montaña sagrada. Allí es donde encontrará el reino de Dios”.
Sus sencillas palabras desvanecieron inmediatamente mi larga obsesión por los
Himalayas. En medio de un abrasador campo arrocero, desperté de mis encumbrados sueños de montes nevados.
“Joven, su sed por lo divino es muy laudable. Siento un gran cariño por usted”. Ram Gopal me tomó de la mamo y me condujo a una cercana aldehuela. Las casas de adobe estaban techadas con hojas de palma y adornadas con rústicas entradas.
El santo me hizo sentar bajo una umbrosa plataforma de bambú de su pequeño huerto.
Después de darme jugo de lima endulzado y un pedazo de azúcar cande, entró a su patio y asumió la postura del loto. Como a las cuatro horas abrí los meditativos ojos y vi la monolítica figura del yogi que aún seguía inmutable. Mientras yo estaba recordando a mi estómago que el hombre no sólo de pan vive, Ram Gopal se aproximó a mí.
“Ya veo que está usted hambriento; la comida estará lista pronto”. El fuego fue
encendido en un horno de barro en el patrio, y arroz y dhal me fueron pronto servidos en grandes hojas de plátano. Mi anfitrión rehusó cortésmente mi ayuda para atender los menesteres de cocina. “El huésped es Dios”, es un proverbio hindú que desde tiempo inmemorial ha sido devotamente observado. En mis recientes viajes por el mundo, me ha encantado ver que se sigue el mismo respeto para los viajeros en diferentes países. El habitante de la gran ciudad encuentra, sin embargo, bastante mellada esta hospitalidad por la superabundancia de caras nuevas cada día. Los emporios humanos me parecían remotos y oscuros en tanto me sentaba al lado del yogui en aquella pequeña y aislada aldehuela. La habitación de la casa era misteriosa por su atenuada y suave luz. Ram Gopal arregló algunos cobertores rotos en el piso para que me sirvieran de cama; y él mismo se sentó en una estera de paja. Abrumado por su enorme magnetismo espiritual, me aventuré a hacerle una súplica. “Señor, ¿por qué no me concedes el “samadhi”?
“Querido mío, con gusto le concedería el divino contacto, pero no está en mi mano
hacerlo”. El santo me vio con entrecerrados ojos. “Su maestro le concederá esa
experiencia pronto. Su cuerpo no está todavía lo suficientemente afinado, a tono; así como una pequeña lámpara no puede resistir un voltaje excesivo, así sus nervios no están todavía preparados para la corriente cósmica. Si yo le diera el éxtasis infinito ahora, se quemaría como si cada célula suya alzara llama. “Usted está pidiéndome la iluminación a mí -continuó el yogui a media voz-, mientras que yo me pregunto, en mi insignificancia, y con las pequeñas meditaciones que he hecho, si habré logrado agradar a Dios y qué mérito puedo encontrar ante sus ojos, al recuento final”. “Pero, Señor, ¿no ha estado usted buscando a Dios sincera concienzudamente por largo tiempo?”.
“No he hecho mucho. Behari debe haberle dicho algo de mi vida. Durante veinte años ocupé una gruta secreta, meditando dieciocho horas seguidas. Luego me fui a una cueva inaccesible y permanecí allí por veinticinco años, entrando en unión yogística por veinticuatro horas diarias. No necesitaba dormir, porque estaba siempre con Dios. Mi cuerpo estaba más descansado y en completa calma en la supraconsciencia, de lo que puede estarse en el ordinario estado subconsciente”.
“Los músculos se relajan durante el sueño, pero el corazón, los pulmones y el sistema circulatorio siguen en constante trabajo. Estos no descansan. En el estado de supraconsciencia, los órganos internos permanecen en un estado de suspensión, electrizados por la energía cósmica. Por este medio he encontrado innecesario dormir desde hace años. Tiempo llegará en que usted también hará caso omiso del sueño”.
“¡Santo cielo! ¿Usted ha meditado por tan largo tiempo y todavía no está seguro del favor de Dios? -Le miré asombrado-. Entonces, ¿qué nos queda a nosotros, pobres mortales?”.
“Bien; pero ¿no ve usted, mi querido joven, que Dios es la Eternidad misma?. Pretender que uno pude conocerle a El plenamente por cuarenta y cinco años de meditación es como formularse una expectación a posteriori. Babaji nos asegura, desde luego, que aun una pequeña meditación lo salva a uno del terrible temor a la muerte y de los estados post-mortem. No fije su ideal espiritual en una pequeña montaña; fíjelo en la estrella de la inclasificada realización de lo divino. Si usted trabaja con tesón, lo conseguirá, sin duda”.
Conmovido por lo que me decía, le supliqué que me diese mayor luz. Entonces me
contó una maravillosa anécdota con relación a su primer encuentro con el maestro de Lahiri Mahasaya: Babaji 3.
Cerca de la medianoche, Ram Gopal entró en silencio y yo me acosté sobre los
cobertores. Cerré los ojos y comencé a ver ráfagas relampagueantes; todo mi vasto espacio interior era una cámara de luz radiante. Abrí los ojos y observé la misma radiación deslumbradora. La habitación se tornó en una infinita cámara, como la que mirase en la interna visión.
“-¿Por qué no se duerme?”
“-Pero, Señor, ¿cómo podría dormir en presencia de ese relampaguear cegante, ya tenga los ojos cerrados o abiertos?
“-Bendito eres tú con esta experiencia; las radiaciones espirituales no se ven
fácilmente”. El santo agregó unas palabras más de afecto.
Al amanecer, Ram Gopal me dio cande en trozos y me dijo que debería partir. Sentía tanto tener que abandonarlo, que no pude evitar que las lágrimas surcaran mis mejillas.
“No dejaré que te marchas con las manos vacías”, y añadió tiernamente: “haré algo por ti”.
Sonrió y me miró fijamente; yo permanecí clavado a la tierra, y una gran calma me
circundaba, como si una poderosa creciente me entrase por los ojos. Instantáneamente fui curado de mi dolor en la espalda, el cual me venía atormentando intermitentemente por años. Renovado y bañado en un océano de gozo luminoso, ya no lloré. Después de tocar los pies del Santo, salté a la jungla, abriéndome camino por entre la tropical maleza hasta llegar a Tarakeswar.
Allí hice una segunda peregrinación al famoso santuario y me arrodillé con fervor ante el altar. La piedra redonda se agrandó ante mi visión interna, hasta que se convirtió en la esfera cósmica, anillo tras anillo, zona tras zona, toda saturada de divinidad.
Una hora después tomé el tren alegremente para Calcuta. Mis viajes terminaron, no en las vastas montañas, sino en la himaláyicas presencia de mi Maestro.
Notas al márgen:
1 Tambores tocados con las manos y usados únicamente para música devota.
2 Esto nos recuerda la observación de Dostoiewski: “El hombre que no se inclina ante nada, no podrá soportar nunca la carga de sí mismo”.
3 Véase páginas 297-300 (capitulo XXXIV )

martes, 15 de mayo de 2012

EL CORAZON DE UNA IMAGEN DE PIEDRA, de Autobiografía de un Yogui de Paramanhansa Yogananda.

Como leal esposa hindú, no quiero quejarme de mi esposo. Pero sí quisiera que él cambiara y que fuera menos materialista. El se goza en ridiculizar las estampas de santos que tengo en el cuarto de meditación. Querido hermano, tengo una profunda fe en que tú puedes cambiarlo. ¿Lo harás?.
Mi hermana mayor, Roma, me veía con mirada suplicante. Yo estaba de visita en su casa de Calcuta, en la calle del barrio de Girish Vidyaratna. Su ruego me conmovió, porque ella había ejercido una gran influencia espiritual en mis primeros años, y porque había tratado dulcemente de llenar el vacío que mi madre dejó con su muerte en el seno de la familia.
- Querida hermana, por supuesto que haré todo lo que pueda. -Sonreí, deseoso de borrar la tristeza que manifestaba en su semblante, que contrastaba con su habitual dulzura.
Roma y yo nos sentamos un rato, en oración silenciosa, en busca de ayuda. Un año antes, mi hermana me había pedido que la iniciara en Kriya Yoga, en la cual estaba haciendo progresos notables.
Súbitamente, una inspiración se apoderó de mí.
- Mañana -le dije- voy al templo de Dakshineswar. Por favor, ven conmigo y sugiere a tu esposo que nos acompañe. Presiento qué con las vibraciones de aquel santo lugar la Madre Divina tocará su corazón. Pero por ningún motivo descubras el objeto que nos lleva.
Esperanzada, mi hermana consintió. A la mañana siguiente, muy temprano, me agradó ver que Roma y su esposo estaban listos para el viaje. Conforme nuestro carruaje traqueteaba a lo largo del camino circular que conduce a Dakshineswar, mi cuñado, Satish Chandra Bose, se divertía ironizando y escarneciendo a los gurús del pasado, del presente y del porvenir. Yo observé que Roma lloraba silenciosamente.
- ¡Hermana anímate! -le susurré al oído-. No le des a tu esposo la satisfacción de creer que tomamos sus burlas en serio.
- Mukunda, ¿cómo puedes tú admirar a los farsantes despreciables? -decía Satish-. La sola apariencia de un sadhu es repulsiva; son tan flacos como un esqueleto o tan profanamente gordos como un elefante.
- Yo solté sonora carcajada. Mi reacción de buen humor molestó a Satish, y éste se retiró amurrado. Cuando nuestro carruaje entró a los terrenos de Dakshineswar, echó a su alrededor una mirada desconfiada y, sarcásticamente, preguntó:
- Este viaje, supongo yo, es una treta para reformarme, ¿no?.
Como ya me iba sin contestar sus palabras, me tomó del brazo, diciéndome:
- Joven señor monje: no se olvide usted de hacer los arreglos necesarios con los
guardias del templo para tomar nuestra comida del mediodía.
- Ahora voy a meditar. No se preocupe por su comida -le contesté al punto-; la Madre Divina se encargará de ello.
- Yo no espero que la Madre Divina haga nada por mí. Pero a ti sí te hago responsable de mi comida. -El tono de voz de Satish era amenazador.
Yo proseguí mi camino por el peristilo que está frente al gran templo de Kali, o Madre Naturaleza. Escogiendo un lugar sombreado, cerca de uno de los pilares, me acomodé en la postura meditativa del loto. aun cuando era sólo las siete de la mañana, el sol sería pronto abrasador.
El mundo se me fue alejando conforme me interiorizaba devotamente. Mi mente estaba concentrada en la Diosa Kali, cuya imagen en Dakshineswar fue el objeto especial de adoración del Gran Maestro Sri Ramakrishna Paramhansa. En contestación a sus angustiosas demandas, la imagen de piedra de este mismo templo tomó con frecuencia la forma viviente y conversaba con él.
“Madre silenciosa de corazón de piedra -rezaba yo-: Tú, que te has llenado de vida a la súplica de Tu amado y devoto Ramakrishna, ¿por qué no escuchas también las plegarias y lamentos de este implorante y amoroso hijo Tuyo?”.
+poco a poco, mostrando al fondo la imagen de la Diosa Kali. Gradualmente tomó ésta un forma viviente, sonriendo y moviendo la cabeza como en un saludo, lo cual me llenó de un regocijo indescriptible.
Como con un mágica jeringa, el aire me fue extraído de los pulmones y mi cuerpo
permaneció totalmente inmóvil, aunque no inerte.
Una extática expansión de conciencia subsiguió luego. Podía ver claramente a algunas millas sobre el Río Ganges a mi izquierda, y aún mucho más allá del templo todos los recintos de Dakshineswar. Las paredes de todos los edificios brillaban de transparencia, y al través de ellos podía ver a la gente caminar de un lado para otro en varias acres a la redonda.
Aun cuando me hallaba sin aliento y con el cuerpo en un estado de quietud extraña, sin embargo podía mover manos y pies libremente. Por algunos minutos ensayé abrir y cerrar los ojos; y en ambos casos podía ver claramente todo el panorama de Dakshineswar.
La vista espiritual, como los rayos X, penetra en toda materia; el ojo divino está
centrado en todas partes, y su circunferencia en sí mismo. Entonces confirmé, en el soleado patio, que cuando el hombre cesa de ser un hijo pródigo de Dios absorbido en un mundo físico, verdadero sueño, tan sin base como burbuja, vuelve a heredar su reino eterno.
Si el “escapismo” fuese una necesidad del hombre, clavado a su estrecha personalidad, ¿podría compararse cualquier escape con la majestad de la omnipotencia?.
En mi sagrada experiencia de Dakshineswar, las únicas cosas extraordinariamente agrandadas eran el templo y la figura de la Diosa. Todo lo demás parecía en su forma y dimensiones normales, aun cuando cada una estaba encerrada en un halo de tenue luz blanca, azul y cromo de arco iris al pastel. Mi cuerpo parecía ser de una substancia etérea, pronto a levitarse. Completamente consciente de mi medio ambiente material, veía a mi alrededor y daba algunos pasos sin interrumpir la continuidad de la bendita visión.
Tras las paredes del templo, súbitamente, divisé a mi cuñado, que se sentaba bajo las espinosas ramas de un árbol sagrado de “bel”. Con facilidad pude conocer el curso de sus pensamientos. Aunque ahora eran algo elevado por la santa influencia de Dakshineswar, su mente hacía aún reflexiones poco amables acerca de mí. Me dirigí directamente a la graciosa Imagen de la Diosa.
“Madre Divina -le pedí-, ¿no cambiarás la espiritualidad del esposo de mi hermana?”.
La hermosa imagen, hasta entonces silenciosa, habló por fin: “Tu deseo será cumplido”.
Gozosamente vi a Satish, quien instintivamente parecía darse cuenta de que algún poder espiritual estaba operándose en él; pero se levanto lleno de resentimiento de su asiento en el suelo, lo vi correr alrededor del templo y aproximarse a mí, amenazándome con el puño.
La sublime y amplia visión desapareció. Ya no pude ver a la gloriosa Deidad; el
majestuoso templo, ya sin transparencia, fue reducido a su tamaño ordinario. Y otra vez mi cuerpo sintió los sofocantes rayos solares. Corrí a cobijarme al lado de las columnas, hasta donde Satish me persiguió enojado. Vi mi reloj. Era la una; la divina visión había durando una hora.
- Grandísimo loco -me espetó mi cuñado-, has estado con las piernas cruzadas y los ojos cerrados durante seis horas. Mientras, he ido y venido observándote. ¿Dónde está mi comida? Ahora el templo está cerrado, y a ti se te pasó notificar a sus autoridades; ahora nos hemos quedado sin comer.
La exaltación espiritual que había experimentado a la presencia de la Diosa, permanecí aún latente en mi corazón. Y me sentí fuerte y valiente para decir:
- La Madre Divina nos alimentará.
Satish no se podía contener de ira.
- De una vez por todas -bramó-, me gustaría ver a tu Madre Divina dándonos de comer aquí sin previo arreglo.
Apenas acababa de pronunciar sus palabras, cuando un sacerdote del templo cruzó el patio y se acercó a nosotros.
- Hijo -me dijo-, he estado observando su faz serenamente iluminada durante sus horas de meditación. yo presencié la llegada de sus comitiva hoy por la mañana, y sentí el deseo de separar bastante comida para que ustedes coman. Aun cuando va contra las reglas proporcionar aliento a aquellos que no hacen su petición por anticipado, para ustedes he hecho una excepción.
Agradecido le di las gracias y clavé mi mirada en los ojos de Satish. Se ruborizó de emoción y bajó la mirada en señal de arrepentimiento. Luego fuimos servidos con una comida abundante y sustanciosa, e incluso con mangos fuera de estación. Noté que el apetito de mi cuñado era escaso. Estaba asombrado, profundizándose en un mar de pensamientos. En nuestro viaje de regreso a Calcuta, de vez en cuando me veía con suavizada expresión, y una que otra mirada humilde, como si quisiera disculparse. Pero no volvió a hablar una sola palabra desde el momento en que el sacerdote apareció para invitarnos a comer, como si hubiera sido la contestación inmediata a su reto.
Al día siguiente por la tarde, visité a mi hermana en su casa. Me recibió muy
afectuosamente.
- Querido hermano -gritó feliz-, ¡qué milagro!. Anoche mi esposo lloró abiertamente
delante de mí. “Amada devi -me dijo-, me siento feliz más allá de toda expresión, de que la estratagema de tu hermano para reformarme haya surtido efecto. Voy a deshacer todo el mal que te he hecho. Desde esta noche usaremos nuestra recámara grande únicamente como lugar de adoración, y tu pequeño cuarto de meditación como dormitorio. Estoy sinceramente apenado por haber ofendido tanto a tu hermano. Por la forma vergonzosa en que he estado obrando, me castigaré no hablando a Mukunda en tanto no haya logrado algún progreso en el sendero espiritual. Con reverencia buscaré a la Madre Divina de hoy en adelante; y algún día, seguramente, la encontraré”.
Años después visité a mi cuñado en Delhi. Gocé sobremanera al advertir que había adelantado grandemente en la senda de autorrealización, y al saber que había sido bendecido con la visión de la Madre Divina. Durante mi estancia con él, me di cuenta de que secretamente Satish pasaba la mayor parte de cada noche en meditación divina, aun cuando estaba padeciendo de un mal bastante serio, y de que durante el día trabajaba en una oficina.
Me vino a la mente que la vida de mi cuñado no sería muy larga Roma probablemente leyó mi pensamiento.
Hermano querido -me dijo-, yo estoy sana y mi esposo enfermo. Sin embargo, deseo que sepas que, como abnegada esposa hindú, yo seré la primera en morir1. No pasará mucho tiempo antes de que me vaya.
Desanimado por sus ominosas palabras, sin embargo vi en ellas la punzante verdad. yo estaba ya en América cuando mi hermana murió, un año después de su predicción. Mi hermano menor, Bishnu, me dio más tarde todos los detalles.
-Roma y Satish estaban en Calcuta, en la fecha de su muerte -me refirió Bishnu-; esa mañana se vistió ella con sus atavíos nupciales.
“-¿Por qué ese traje, ahora? -le pregunto Satish.
“-Este es mi último día de servicio para ti en la tierra -contestó Roma.
“Poco rato después tuvo un ataque al corazón, y cuando su hijo corría a traer ayuda, ella le dijo:
“-Hijo, no me dejes. Es inútil que vayas. Ya habré partido antes de que venga el doctor.
“Diez minutos después, deteniendo en sus manos los pies de su esposo, en reverencia, Roma dejó conscientemente su cuerpo, feliz y sin sufrimiento.
“Satish se volvió muy retraído después de la muere de su esposa -prosiguió Bishnu-. Un día él y yo estábamos viendo un retrato grande, donde Roma aparecía sonriente.
“-¿Por qué te sonríes? -exclamó de pronto Satish, como si su esposa estuviera presente-.
¿Tú crees que fuiste muy lista en arreglar todo para irte antes que yo?. ¡Voy a robarte que no podrás por mucho tiempo permanecer separada de mí; pronto me reuniré contigo!.
“Aun cuando por este tiempo Satish estaba ya completamente restablecido de su mal y gozaba de inmejorable salud, murió sin causa aparente alguna, poco después de las extrañas observaciones que hizo ante la fotografía”.
Así, proféticamente, se fueron mi amada hermana mayor Roma y su esposo Satish, que fuera transformando en Darkshineswar, de un hombre mundano en un silencioso santo.
Notas al márgen:
1- La esposa hindú cree que es signo de progreso espiritual si muere antes que su
esposo, como una prueba de su leal servicio a él. Es lo que podría llamarse “morir
bajo el arnés”.

sábado, 12 de mayo de 2012

LA MUERTE DE MI MADRE. EL AMULETO MISTICO,de Autobiografía de un Yogui, Paramahamsa Yogananda


El deseo más grande de mi madre era el de casar a mi hermano mayor.
“Cuando yo contemple la cara de la esposa de Ananta, diré que he encontrado el Paraíso en la tierra”.
Con frecuencia oía a mi madre pronunciar estas palabras con el sincero y arraigado sentimiento indio sobre la continuidad de la familia.
Yo tenía once años cuando se verificaron los esponsales de Ananta. Mi madre era feliz en Calcuta, supervisando los preparativos de la boda. Únicamente mi padre y yo habíamos permanecido en nuestra casa en Bareilly, en la parte Norte de la India, a donde mi padre había sido trasladado, después de haber permanecido dos años en Lahore.
Con anterioridad había yo presenciado el esplendor de los ritos nupciales de mis dos hermanas mayores, Roma y Uma, pero por tratarse de Ananta, el primogénito, los preparativos eran realmente meticulosos. Mi madre, en Calcuta, estaba recibiendo a los numerosos familiares que a diario llegaban de distintas partes. Ella los hospedaba en una amplia y cómoda casa que últimamente habíamos comprado, situada en el número 50 de la calle de Amherst. Todo estaba ya listo: golosinas del banquete, el engalanado trono en el cual mi hermano sería conducido a la casa de la novia, las hileras de luces multicolores, los enormes elefantes y camellos de cartón, así como las orquestas inglesas, escocesas e indias, los comediantes y los sacerdotes para la celebración de los antiguos ritos.
Mi padre y yo, con espíritu de fiesta, habíamos acordado ir a reunirnos con la familia en tiempo oportuno para la ceremonia nupcial. No obstante, poco antes del día solemne, tuve una siniestra visión.
Fue a medianoche, en Bareilly: dormía contiguo a la cama de mi padre, en el pórtico de nuestro bungalow, cuando desperté al agitarse el pabellón que cubría mi cama. Las endebles cortinas se abrieron y vi la forma amada de mi madre.
“Despierta a tu padre”. Su voz era sólo un susurro. “Tomen el primer tren que pasa hoy, a las cuatro de la mañana, y vengan rápidamente a Calcuta, si desean verme”.
La forma de la aparición se esfumó.
“¡Padre! ¡Padre! ¡Mi madre se está muriendo!” El terror en mi tono de voz lo despertó inmediatamente. Sollozando, le comuniqué las nuevas.
“No hagas caso de tus alucinaciones”. Mi padre, como de costumbre, dio su negativa a una nueva situación. “Tu madre está con excelente salud. Si recibimos algunas malas noticias, partiremos mañana”.
“Tú nunca te perdonarás el no haber partido luego”, la pena me hizo agregar
amargamente: “Ni yo te lo perdonaré”.
La mañana llegó melancólica, y con ella el aviso con claras y funestas frases: “Madre gravemente enferma. Boda pospuesta, vengan luego”.
Mi padre y yo salimos tristes y consternados. Uno de mis tíos vino a encontrarnos a una estación en donde teníamos que cambiar trenes. Un tren que retumbaba como trueno venía en nuestra dirección con telescópica rapidez. En mi confusión interna, una súbita determinación se aferró de mí, la de arrojarme bajo sus ruedas. Sintiéndome desposeído de mi madre no podía ya soportar un mundo absolutamente vacío para mí. Yo amaba a mi madre como el más querido amigo en la tierra. Sus hermosos y consoladores ojos negros habían sido siempre mi seguro refugio en todas las insignificantes tragedias de mi niñez.
 “¿Vive aún?” Me paré para hacer esta última pregunta.
“¡Por supuesto que vive!” El había comprendido en seguida la desesperación de mi rostro y de todo mi ser. Pero yo no le creí.
Cuando llegamos a nuestra casa en Calcuta, fue únicamente para confrontar el choque aterrador de la muerte. Sufrí un colapso y quedé como sin vida. Pasaron muchos años antes de que mi corazón se tranquilizara. Repiqueteando constantemente a las meras puertas del cielo mi llanto, por fin, consiguió obtener la atención de mi Madre Divina.
Sus palabras trajeron, por fin, el bálsamo que curó mis abiertas heridas:
“¡Soy yo la que he velado por ti vida tras vida, en la ternura de muchas madres! Ve en mi mirada los hermosos ojos que andas buscando”.
Mi padre y yo regresamos a Bareilly poco después de los ritos crematorios de la amada.
Todas las mañanas, temprano, hacía un paseo sentimental, conmemorativo, a un árbol frondoso (“sheoli”), que sombreaba el prado verde y oro que teníamos frente a nuestro bungalow. En raptos poéticos se me antojaba que las flores blancas del árbol se derramaban como para ofrendar voluntariamente una oración ante el altar del prado.
Con frecuencia, entre mis lágrimas mezcladas con gotas de rocío, observaba otra
extraña luz mundana que emergía del amanecer. Intensa ansiedad me asediaba
continuamente; y me sentía por Dios fuertemente atraído hacia los Himalayas.
Uno de mis primos, recién venido de un viaje de las montañas sagradas, me visitaba en Bareilly. Avidamente escuchaba sus relatos acerca de los yogis y swamis 1.
“Vamos huyendo a los Himalayas”. Esta sugestión, hecha un día a Dwarka Prasad, el joven hijo de nuestro casero en Bareilly, no le hizo mucha gracia y le reveló mi plan a mi hermano mayor, quien había venido a visitar a mi padre. Pero en lugar de sonreír con tolerancia por la ocurrencia poco práctica de un muchacho, mi hermano Ananta me ridiculizó acremente.
“¿Dónde está tu túnica anaranjada? Tú no podrás ser un swami sin ella”. Pero
inexplicablemente sus palabras me produjeron una gran alegría, pues me presentaron un cuadro en el que yo me veía peregrinando a través de la India, como un monje. Quizá despertaron memorias de una vida pasada. De cualquier manera, principié a ver con naturalidad que yo podría usar la túnica anaranjada de la orden monástica, tan antiguamente fundada.
Conversando una mañana con Dwarka, sentí tal amor por Dios, que parecía descender como una avalancha sobre mí. Mi amigo apenas escuchaba el torrente de mi elocuencia; pero yo, en cambio, estaba encantado de escucharme a mí mismo.
Esa tarde escapé hacia Naini Tal, al piélago de los Himalayas. Pero Ananta, resuelto a atraparme, me obligó a regresar, con gran tristeza de mi parte, a Bareilly. La única excursión que se me permitía hacer era mi paseo al amanecer, al frondoso árbol. Mi corazón lloraba por las madres idas, humanas o divinas.
La falta de mi madre en el seno del hogar fue irreparable. Mi padré no volvió a casarse, permaneció viudo durante el lapso que sobrevivió a mi madre, que fue casi de cuarenta años. Asumiendo el difícil papel de padre-madre de una pequeña familia, se volvió notablemente más cariñoso, más accesible. Con calma y visión resolvía él todos los problemas de la familia. Después de sus horas de oficina se retiraba como un ermitaño a la celda de su cuarto, en una dulce serenidad, a la práctica de Kriya Yoga. Mucho después de la muerte de mi madre traté de contratar los servicios de una enfermera inglesa, para que atendiera los detalles de la casa, para hacer así la vida a mi padre más cómoda y llevadera. Pero mi padre movió la cabeza negativamente.
“Los servicios para mí han terminado con la partida de tu madre”. Sus ojos profundos tenían una intensa devoción a lo que toda su vida había amado. “Yo no aceptaré servicios de ninguna otra mujer”.
Catorce meses después de la partida de mi madre, supe que ella me había dejado, antes de partir, un mensaje. Ananta estuvo presente al lado de su lecho de muerte y había escrito sus últimas palabras para mí. Aun cuando ella había recomendado que se me comunicara esto al año de su muerte, mi hermano lo había demorado, y estando él próximo para abandonar Bareilly para ir a Calcuta a casarse con la muchacha que mi madre le había escogido 2, una noche me mandó llamar a su lado.
“Mukunda, he permanecido reacio a comunicarte un extraño mensaje -la voz de Ananta tenía un sello de resignación-; mi temor era el que sirviera de aguijón a tus deseos de abandonar el hogar. Pero, de cualquier manera, estás revestido de un fervor divino.
Cuando últimamente interrumpí tu huída a los Himalayas, llegué a esta resolución: no debo posponer por más tiempo el cumplimiento de mi solemne promesa”. Y mi
hermano, entregándome una cajita, me dió el mensaje de mi madre, que decía: “Deja que estas palabras sean mi bendición postrera, mi amado hijo Mukunda.
“Ha llegado la hora en que debo relatarte algunos hechos fenoménicos que siguieron a tu nacimiento. Desde un principio supe lo definido de tu sendero. Cuando tú eras aún un niño de brazos, te llevé a la casa de mi gurú en Benares. Casi oculto detrás de una multitud de discípulos, apenas podía ver a Lahiri Mahasaya, que estaba sentado en profunda meditación.
“Mientras yo te arrullaba, oraba para que el gran gurú se fijara en nosotros y nos diera su bendición. Conforme mi súplica devocional y silenciosa crecía en intensidad, entreabrió sus ojos y me hizo señas para que me acercara. Los que le rodeaban se apartaron respetuosamente para darme paso. Yo le reverencié tocando sus santos pies.
Mi Maestro te sentó en sus piernas, colocando su mano sobre tu frente a guisa de
bautismo espiritual”.
“Madrecita, tu hijo será un yogui. Como un motor espiritual, él conducirá muchas almas al Reino de Dios”.
“Mi corazón se ensanchó de gozo al ver mi plegaria secreta concedida por medio del omnisciente gurú. Poco antes de tu nacimiento él me había dicho que tú seguirías su sendero.
“Después, hijo mío, tu visión de la Gran Luz fue conocida por mí y tu hermana Roma, ya que te contemplábamos desde la habitación contigua, cuando tú estabas sin movimiento en tu cama. Tu pequeña cara fue iluminada, tu voz resonó con firme resolución cuando hablaste de ir a los Himalayas en busca de lo Divino.
“Por estos medios, mi querido hijo, supe que tu sendero está más allá de la ambiciones mundanas.
“El acontecimiento más extraordinario de mi vida me trajo aún mayor confirmación,
acontecimiento que ahora, en mi lecho de muerte, me obliga a darte este mensaje:
“Fue una entrevista con un sabio en Punjab, mientras nuestra familia vivía en Lahore.
Una mañana, precipitadamente, entró a mi habitación el mozo”.
“Señora, un extraño “sadhu” 3 está aquí e insiste en ver a la madre de Mukunda”.
“Estas sencillas palabras tocaron una cuerda sensible dentro de mí. Salí en seguida a saludar al visitante. Inclinándome en reverencia a sus pies presentí que ante mí estaba un hombre de Dios”.
“Madre -dijo-, los grandes maestros desean que tú sepas que tu estancia en la tierra no será larga. Tu próxima enfermedad será la última”.
(Cuando supe por estas palabras que mi madre tenía conocimiento de su corta vida, comprendí por primera vez por qué ella tenía tanta insistencia en acelerar los planes para el casamiento de Ananta. Aunque ella murió antes de la boda, su deseo natural y material era el de presenciar la ceremonia).
“Hubo un silencio, durante el cual no sentí ningún temor, sino sólo una inmensa
vibración de paz. Finalmente, me volvió a hablar”.
“Usted deberá ser la guardiana de cierto amuleto de plata. Yo no se lo daré ahora, hoy; pero a fin de demostrar a usted la veracidad de mis palabras, el talismán se materializará en sus manos, mañana, cuando esté usted meditando. A la hora de su muerte, usted deberá dar instrucciones a su hijo mayor, Ananta, para que conserve el amuleto por un año, y después de este tiempo se lo entregue a su segundo hijo. Mukunda comprenderá el significado del talismán de los Grandes. El deberá recibirlo cuando ya sea el tiempo y esté listo para renunciar a todas las cosas terrenas y principiar su búsqueda vital por Dios. Cuando él haya retenido el amuleto por algunos años, y ya éste haya servido a su objeto, desaparecerá, aun cuando esté guardado en el más secreto lugar, y regresará a su lugar de procedencia”.
“Brindé algunas ofrendas 4 al santo y lo reverencié inclinándome con toda devoción.
Sin aceptar mis ofrendas, partió, dándome su bendición. A la noche siguiente, cuando sentada con mis manos dobladas en la posición usual de meditación, un amuleto de plata se materializó entre las palmas de mis manos, tal como el sadhu lo había dicho. Se hizo manifiesto por su peso y lo liso y frío al tacto. Celosamente lo he guardado por más de dos años, y ahora lo dejo bajo la custodia de Ananta. No estés triste por mi partida, ya que yo seré introducida por mi gran gurú en los brazos del infinito. Hasta luego, mi querido hijo, la Madre Cósmica te protegerá”.
Una ráfaga de iluminación se apoderó de mí con la posesión del amuleto. Muchos
recuerdos adormecidos se avivaron. El talismán, redondo, auténticamente antiguo,
estaba cubierto con caracteres sánscritos. Comprendía que procedía de maestros de vidas pasadas, quienes invisiblemente guiaban mis pasos. Había una significación más, pero uno no puede revelar completamente todo lo interno de un amuleto.
De cómo el talismán se evaporó finalmente, en medio de unas circunstancias bien
desgraciadas de mi vida, y cómo su pérdida era el heraldo de la obtención de un gurú, no puede decirse en este capítulo.
Pero este muchacho, frustrado en sus intentos de llegar a los Himalayas, diariamente viajó lejos en las alas de su amuleto.

de AUTOBIOGRAFÍA DE UN YOGUI, Paramahamsa Yogananda
Notas al margen:
1- La raíz sánscrita de Swami es “El que es uno mismo con su Ser” (Swa). Se aplica a
una orden de monjes de la India, título que tiene el significado de “El reverendo”.
2- Costumbre hindú, según la cual los padres escogen la compañera de toda la vida,
para sus hijos, ha resistido los embates del tiempo. En la India el porcentaje de
matrimonios felices es muy grande.
3- Anacoreta: uno que practica Sadhana o un sendero de disciplina espiritual.
4- Una costumbre de gentil respeto a los “sadhus”



jueves, 3 de noviembre de 2011

En todo lo que hagas, expresa las infinitas cualidades del alma.

“Lee un poco, medita más a menudo y piensa en Dios todo el tiempo”.

“Mantente en sintonía conmigo y yo podré ayudarte. Cuando estés inquieto o tengas dudas, esto causará estática en la “radio” que es tu mente, lo que hará difícil que yo pueda ayudarte. Mantente en sintonía conmigo siempre”.

“Cuando se mantienen en sintonía conmigo, entonces pueden estar en contacto con Dios”.

“Querido: Tú te estás causando infelicidad permitiendo esos estados anímicos y tocando ese disco mental negativo en el tocadiscos. ¿Por qué no rompes el disco?”

¿Cuándo vas a aprender a perder tu auto-voluntad?”.

“La vida hay que vivirla, entonces ¿por qué no vivirla de la mejor manera posible? Me puedes mostrar la mejor obra de arte y si yo quisiera, encontraría algo imperfecto en ésta. Pero ¿para qué hacer eso? Siempre busca el bien en todo”.

“La mayoría de las personas ven en las montañas sólo una masa de tierra y piedras, cuando las miro yo veo a Dios”.

“Tienes que querer a Dios con un deseo tan intenso que no quieres esperar un día más para ser realizado con Dios, pero también debes ser paciente si no te has realizado con Dios ese día”.

“No estoy interesado en tener una organización cuyo objetivo es de tener una membrecía grande. Una organización como la nuestra es como una colmena; Dios es la abeja. Una organización sin la miel de Dios tiene muy poco valor. Sólo estoy interesado en el bienestar de las almas”.

“Observa cuan quieto y amante de Dios te estás volviendo. Continúa haciendo lo que estás haciendo”. Si no estaba tan concentrado como quería, me decía: “Medita más, lánzate profundamente en el océano de Dios. Ora a Dios. Dile lo siguiente: ‘Dios, no deseo nada sino a ti. Y lo lograrás.”

“A menudo los discípulos se ponen a discutir sobre asuntos filosóficos, los maestros iluminados se comprenden y se llevan bien”.

“Yo no soy el gurú. Dios es el gurú. Yo simplemente soy su sirviente”. En otra ocasión dijo: “Yo he desechado a Yogananda hacen muchos años; ahora solo Dios reside aquí (en este cuerpo)”.

“No permitas que lo que los demás hagan o no hagan te influya demasiado. No mires hacia atrás. No mires a la izquierda ni a la derecha. Mira directamente hacia adelante, hacia la meta, y hasta la meta en esta vida. Tú puedes hacerlo. Sri Yukteswar decía: ‘El barco que transporta a las almas a través del río de la ilusión está listo a partir. ¿Quién irá? ¿Quién irá? Si nadie va, yo iré. ‘¡Tú debes ser así!’”.
“Descarten la creencia falsa de que existe una separación entre la vida espiritual y la material. Conduzcan sus deberes prolijamente. Todo trabajo purifica si lo desempeñas con motivos correctos. Si algunas veces no llegas a terminar tus propósitos, no te aflijas. Ese es el mejor momento de plantar las semillas del éxito. En todo lo que hagas, expresa las infinitas cualidades del alma.

Extractos del libro: P A R A M A H A N S A Y O G A N A N D A, Como Yo lo conocía. Experiencias, observaciones y reflexiones de un discípulo. de Roy Eugene Davis.

miércoles, 3 de agosto de 2011

¿El Karma puede cambiarse o es inmutable?

Las leyes de la vida son unas y las mismas a todos los niveles. Las leyes físicas son esencialmente las mismas que las leyes espirituales.
Así vemos que el principio de acción y reacción de la Física, según el cual a cada acción corresponde una reacción igual y opuesta, se aplica a los seres humanos por medio de la ley del karma: lo que siembres recogerás. Si siembras el mal recogerás el mal en forma de sufrimiento; si siembras el bien recogerás bondad en forma de alegría interior.

La materia responde al pensamiento
Para comprender el karma debemos entender que los pensamientos son cosas. El universo, en última instancia, no se compone de materia sino de conciencia. La materia responde, más de lo que la mayoría de la gente piensa, al poder del pensamiento, ya se exprese directamente o a través de una acción.
La gente apenas piensa que sus propios pensamientos o actos sean malos, pero si crean discordia en los demás, esas olas de discordia regresará inevitablemente a ellos en forma de sufrimiento. El sufrimiento humano no es un signo de la ira de Dios hacia la humanidad; es, por el contrario, un signo de la ignorancia de la ley divina por parte del hombre.

Contrarrestar el karma negativo de la masa
En general, lo que vuelve a ti en forma de karma es lo que has generado en tus propios actos del pasado. Pero también hay un karma de masa.
La forma y la extensión en que un individuo es afectado por el karma de masa dependen de la fuerza de su karma individual. Por ejemplo, no todas las personas que mueren en un accidente de aviación tenían necesariamente el karma para que eso les sucediera.
Sencillamente el karma de la mayoría fue más fuerte que el de la minoría cuyo karma era vivir. No obstante, quienes tengan un karma suficientemente fuerte se salvarán, ya sea durante el accidente o bien no tomando ese vuelo.
Por ejemplo, la madre de un miembro de Ananda Village había reservado un vuelo a California. Poco antes de salir de casa, su hija le telefoneó y le sugirió que la visitara más adelante, así que canceló la reserva. El avión sufrió un accidente y todos los pasajeros murieron.
Para contrarrestar cualquier potencial karma de masa negativo es siempre bueno orar antes de hacer un viaje, salir en coche, etc. Ora y pon tu vida y tu seguridad en manos de Dios.

Liberarse del karma
La fuente de todas las implicaciones kármicas es el apego al ego, así pues, el primer paso para salir del karma es cortar cualquier relación con las implicaciones del ego en cuanto hagas. Un aspecto importante de esto es actuar sin desear los frutos de tus actos.
Para llegar a realizar acciones sin deseo debes neutralizar en el corazón las olas de tus gustos y aversiones. Hacemos esto gradualmente por medio de una meditación profunda y de la amabilidad, el perdón y la compasión.
Cuanto más libre te hagas interiormente, cada vez serás menos afectado por los inevitables altibajos de la vida.
Así pues, trabaja en tus reacciones ante las circunstancias externas. Sé interiormente feliz, sabiendo que nunca podrás cambiar las cosas y hacer que te agraden exteriormente.

Swami Kriyananda.
Es discípulo directo de Paramhansa Yogananda, es escritor internacionalmente conocido, líder espiritual y compositor. Ampliamente reconocido como una de las mayores autoridades en meditación y yoga, ha enseñado estos principios y técnicas a cientos de miles de estudiantes a lo largo del mundo, fundador de Ananda Village en Nevada City, California, dedicada a expandir el espíritu de amistad, servicio y vida en comunidad en todo el mundo.

jueves, 2 de junio de 2011

Babaji...el Maestro inmortal que contempla el drama de los siglos estará siempre presente en esta escena terrestre.

Un avatar vive en el Espíritu omnipresente; para él no existe la distancia inversa del cuadrado. Sólo una razón motiva a Babaji para que mantenga su forma física de siglo en siglo: el deseo de ofrecer a la humanidad un ejemplo concreto de sus propias posibilidades. Si no se le concediera al hombre vislumbrar nunca, destellos de la Divinidad encarnada, permanecería siempre atado a la pesada ilusión de Maya y pensaría que jamás podría trascender a la inmortalidad.
 Jesús conoció desde u principio la secuencia de su vida; pasó al través de cada evento, no por él ni por el pago de ninguna deuda kármica, sino sólo en pro de la elevación espiritual de los seres humanos dotados de poder de reflexión. Y para beneficio de las generaciones futuras los cuatro cronistas y discípulos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, escribieron el drama inefable.
 Asimismo, para Babaji no existe tampoco la relatividad del pasado, presente y futuro; desde el principio, él ha sabido y conocido todas las fases de su vida. Sin embargo, acomodándose al limitado entendimiento del hombre, ha llevado a cabo muchos actos de su divina vida en la presencia de uno o más testigos. De este modo fue posible que un discípulo de Lahiri Mahasaya estuviera presente cuando Babaji consideró que el tiempo había llegado para que él proclamara las posibilidades de la inmortalidad corporal. El pronunció esta promesa en presencia de Ram Gopal Muzumdar, para que finalmente fuera conocida y sirviera de inspiración a otros corazones que buscan la verdad. Los grandes hablan y participan del natural curso de los acontecimientos únicamente para beneficio del hombre, como Cristo lo dijo:
 “Padre, sé que siempre me has escuchado: mas por causa del pueblo que está en torno, le dije, para que crean que tú me has enviado”.
 Durante mi visita a Banbajpur con Ram Gopal, “el santo que no duerme”, me contó la asombrosa historia de su primer encuentro con Babaji:
 “Algunas veces dejaba mi solitaria cueva para ir a sentarme a los pies de Lahiri Mahasaya en Benares - me decía Ram Gopal. Cierta noche, mientras meditaba con un grupo de sus discípulos, el Maestro me hizo una súplica sorprendente:
 - ´Ram Gopal´, me dijo. “Ve inmediatamente al ghat de Dasamedh”.
Pronto llegué al lugar solitario. La noche estaba muy clara, gracias a la luz de la luna y las estrellas. Después de que estuve sentado en paciente silencio por algún rato, mi atención se fijó en una losa grande, situada cerca de mis pies. Lentamente, la piedra se levantó, revelando una cueva subterránea. Según la piedra permanecía balanceándose en forma inexplicable, la forma vestida de una hermosa y dulce mujer fue “levitada” de la cueva hasta cierta altura en el aire Rodeada por un tenue halo, descendió lentamente frente a mí y permaneció inmóvil, sumida en un estado de profundo éxtasis. Al fin se movió y habló con suavidad:
- “Yo soy Mataji”, la hermana de Babaji. Le he pedido a él y a Lahiri Mahasaya que vinieran a mi cueva esta noche para discutir un asunto de gran importancia`.
Una luz nebulosa viose flotando rápidamente sobre el Ganges; la extraña luminosidad se reflejaba sobre as opacas aguas. Se aproximó más y más, hasta que, con un reflejo deslumbrador, apareció al lado de Mataji y se condensó instantáneamente en la forma humana de Lahiri Mahasaya. El se postró con humildad a los pies de la santa mujer.
Antes de que saliera de mi asombro, fui nuevamente maravillado al contemplar una masa circular de luz mística que viajaba por el cielo. Descendiendo con rapidez, el llameante torbellino se acercó a nuestro grupo y se materializó en el cuerpo de un hermoso joven, quien, como desde luego comprendí, era Babaji. Se parecía a Lahiri Mahasaya; la única diferencia era que Babaji aparecía mucho más joven, y tenía el cabello largo y brillante. Lahiri Mahasaya, Mataji y yo, nos arrodillamos a los pies del gurú. Una sensación de beatífica gloria excitó todas las fibras de mi ser cuando toqué su divina carne.
 - “Bendita hermana”, dijo Babaji. “Estoy pensando abandonar mi forma y sumergirme en la Corriente Infinita”.
 - “Ya había yo vislumbrado tu plan querido maestro. Y quiero discutirlo contigo esta noche. ¿Por qué deseas abandonar tu cuerpo?”.
 La gloriosa mujer le miraba con gesto implorante.
 - “¿Qué diferencia hay si utilizo una onda visible u otra invisible en el océano de mi Espíritu?”.
 Mataji contestó con un raro relámpago de ingenio:
 - `Inmortal gurú, si no hay ninguna diferencia, entonces, por favor, no abandones nunca tu forma física”.
 - “Así sea” dijo Babaji solemnemente: “nunca abandonaré mi cuerpo físico. Permaneceré siempre visible, cuando menos a un pequeño grupo de personas en este mundo. El Señor ha expresado sus deseos al través de tus labios”´
Como yo escuchaba atemorizado la conversación entre estos seres excelsos, el gran gurú se volvió a mí con un gesto benigno:
 - “No temas, Ram Gopal”, me dijo; “ha sido para ti una bendición el ser testigo de la escena de esta promesa inmortal”.
 Según la dulce y melódica voz de Babaji se desvanecía, su forma y la de Lahiri Mahasaya se elevaron lentamente, regresando por encima del Ganges. Una aureola de deslumbrante luz envolvía sus cuerpos según éstos se desvanecían en el cielo de la noche. La forma de Mataji flotó hacia la cueva y descendió; la laja de piedra cerró la entrada, como si ésta operara movida por algún mecanismo. Infinitamente inspirado, tomé el camino de regreso a la casa de Lahiri Mahasaya. Cuando me incliné ante él, al amanecer, mi maestro me sonrió comprensivamente.
 - “Estoy contento por ti, Ram Gopal”, me dijo. “El deseo que con frecuencia me has expresado de conocer a Babaji y Mataji ha tenido finalmente una sagrada realización”.
Mis condiscípulos me informaron que Lahiri Mahasaya nos se había movido de su lado desde hora temprana de la noche anterior.
 - “Nos ofreció una maravillosa disertación sobre la inmortalidad después de que tú partiste para el ghat de Desasamedh”, me dijo uno de los chelas (discípulos).
Por primera vez, me di cabal cuenta de la verdad de los versos de las escrituras, según los cuales, un hombre que ha alcanzado la autorrealización puede aparecer en diferentes lugares y al mismo tiempo, en dos o más cuerpos a la vez."
 - Lahiri Mahasaya me explicó más tarde muchos puntos metafísicos concernientes al secreto plan divino destinado a esta tierra, terminó diciendo Ram Gopal.
”Babaji ha sido escogido por Dios para permanecer en su cuerpo durante la duración de este ciclo particular del mundo. Las edades vienen y van; sin embargo, el Maestro inmortal que contempla el drama de los siglos estará siempre presente en esta escena terrestre".


martes, 26 de abril de 2011

Recuerda siempre que el inagotable Paramatman (Alma Suprema) puede curar cualquier paciente, haya o no doctores.

Sri Yukteswar siguió leyendo la maravillosa historia de la resurrección de Lázaro. Al terminar, el Maestro guardó un profundo silencio, con el libro sagrado abierto sobre sus rodillas.
- Yo también tuve el privilegio de contemplar un milagro parecido. -Habló, por fin, con solemne unción, mi gurú-. Lahiri Mahasaya rescató a uno de mis amigos de la muerte.
Todos los chiquillos sentados cerca de mí sonrieron con avivado interés. Todavía había mucho de niño en mí para gozar no sólo de la filosofía, sino particularmente de cualquier historia o sucedido que Sri Yukteswar relatara acerca de sus maravillosas experiencias con su gurú.
- Mi amigo Rama y yo éramos inseparables -principió diciendo mi Maestro-. En vista de que él era tímido e introspectivo, prefería visitar a Lahiri Mahasaya únicamente durante las horas de medianoche, al amanecer, cuando la multitud de los discípulos diurnos se había marchado. Como el amigo más íntimo de Rama, yo era una especie de escape espiritual por la cual él vertía la riqueza de sus percepciones. Encontré siempre inspiración en su compañía ideal. -El rostro de mi Maestro se suavizó con los recuerdos.
- Inesperadamente, Rama fue sometido a una prueba muy dura -continuó Sri
Yukteswar-. Había contraído la enfermedad del cólera asiático. Como mi maestro nunca objetaba los servicios de los médicos en casos de enfermedades graves, fueron llamados especialista. En medio del frenético ajetreo de ayudar al enfermo, yo estaba orando fervorosamente a Lahiri Mahasaya; e implorando su ayuda, me precipité a su casa y, entre sollozos, le conté lo sucedido.
- Los doctores están atendiendo a Rama. Pronto estará bien -me dijo mi Maestro jovialmente.
Regresé entonces algo más confortado, al lado de la cama de mi amigo, sólo para encontrarlo ya en estado agónico.
- No puede durar más de una o dos horas -me dijo uno de los doctores con un gesto de desesperación. Una vez más corrí al lado de Lahiri Mahasaya.
- Los doctores saben lo que hacen. Tengo la seguridad de que Rama sanará. -El maestro me despidió jovialmente.
Al volver al lado de Rama, me encontré con que los médicos ya se habían marchado.
Uno de ellos había dejado una nota: “Hemos hecho todo lo que pudimos, pero éste es un caso perdido”.
Mi amigo era la imagen fiel de un hombre en agonía. Yo no podía explicarme cómo las palabras de Lahiri Mahasaya podían haber dejado de ser ciertas; sin embargo, a la vista de los estertores agónicos y de aquel cuerpo del cual la vida se ausentaba, mi mente se decía: “Ahora ya todo ha terminado”, pasando de esta manera de los mares de la fe a las dudas aprensivas. Yo cuidaba de mi amigo con toda mi habilidad posible. De pronto se enderezó para decirme: “Yukteswar, corre y dile al Maestro que ya me fui. Pídele que bendiga mi cuerpo antes de someterlo a los últimos ritos”. Con estas palabras, Rama suspiró profundamente y entregó su alma (Las víctimas del cólera permanecen con frecuencia completamente conscientes hasta el último momento).
Lloré por más de una hora ante su amada forma. El amante de la quietud había adquirido ahora la de la alma ultérrima, la quietud de la muerte. A poco otro discípulo llegó; le pedí que permaneciera en la casa hasta que yo regresara. Anonadado regresé prontamente a la casa de mi gurú.

- ¿Cómo está ahora Rama? -El rostro de Lahiri Mahasaya sonreía en medio de una aureola.
- Señor, pronto verá usted cómo está -contesté, lleno de emoción-. Dentro de pocas horas verá usted su cuerpo antes de ser conducido a la cremación -y prorrumpí abiertamente en sollozos.
- Yukteswar, contrólate. Siéntate calmadamente y medita. -Mi gurú entró luego en éxtasis. La tarde y la noche se pasaron en un ininterrumpido silencio, yo luchaba infructuosamente por ganar mi calma interior.
Al amanecer, Lahiri Mahasaya me miró consoladoramente.
- Veo que estás todavía intranquilo. ¿Por qué no me explicaste que lo que tú querías era que yo diera a Rama una ayuda tangible en forma de alguna medicina? -El Maestro me señaló una lámpara en forma de copa, cubierta por una pantalla, que contenía aceite de castro crudo-. Llena una botellita de la lámpara y pon siete gotas en la boca de Rama.
- Señor -le repliqué-, él está muerto desde ayer a mediodía.
- No importa; haz como yo te digo.
La actitud sonriente de Lahiri Mahasaya era incomprensible. Yo me encontraba sin poder mitigar mi pena por la pérdida de Rama. Vertiendo una pequeña cantidad de la lámpara salí para la casa de Rama.
Encontré el cuerpo de mi amigo frió ya, con la rigidez de la muerte. Sin reparar en su cadavérico aspecto, abrí sus labios con el índice de mi mano derecha y me dí maña con la mano izquierda y la ayuda de un corcho para introducir, gota a gota, el aceite al través de sus trabados dientes.
Tan pronto como la séptima gota tocó sus fríos labios, Rama tembló violentamente.
Todos sus músculos vibraron de la cabeza hasta los pies, mientras se sentó maravillado.
- He visto a Lahiri Mahasaya en medio de un halo de luz -gritó-. ¡Brillaba como un sol! levántate, abandona tu sueño -me ordenó- Ven con Yukteswar a verme.
Apenas si podía dar crédito a mis ojos, mientras Rama se vestía y contemplaba el vigor con que caminaba hacia la casa de nuestro gurú, después de la fatal enfermedad. Allí se postró Rama a los pies de Lahiri Mahasaya con abundantes lágrimas de gratitud.
El Maestro se mostraba sonriente y alegre. Sus ojos me hicieron un guiño malicioso.
- Yukteswar -me dijo-, seguramente que de aquí en adelante no dejarás de llevar contigo una botellita de aceite castor. Dondequiera que veas un muerto, sencillamente le administras el aceite. Pues ya ves que siete gotas de aceite de lámpara sirven para contrarrestar el poder de Yama (El dios de la muerte).
- Guruji, usted se burla de mí. ¿Por qué? Indíqueme la naturaleza de mi error.
- Yo te dije dos veces que Rama sanaría; sin embargo, no pudiste creerme completamente -decía el Maestro-; yo no quise decir que los doctores pudieran curarlo; únicamente observé que ellos lo estaban atendiendo. No existe ninguna conexión causal entre mis dos aserciones. Yo no quise intervenir en la labor de los doctores, pues ellos también tienen que vivir. -y con voz que resonaba de regocijo, mi guru agregó-: Recuerda siempre que el inagotable Paramatman (Alma Suprema) puede curar cualquier paciente, haya o no doctores.
- Ya veo mi error -confesé con cierto remordimiento-. Ahora sé que tu simple palabra está atada a todo el cosmos.
Cuando Sri Yukteswar terminó esta asombrosa historia, uno de los sorprendidos oyentes aventuró una pregunta que desde el punto de vista de un niño era lógica.
- Señor -dijo el niño-, ¿por qué su gurú usó el aceite de castor?
- Criatura, el suministro de aceite no tenía ningún significado, únicamente que como yo esperaba alguna ayuda material, Lahiri Mahasaya escogió lo que tenía más a la mano como símbolo objetivo para despertar mi fe. El maestro le permitió a Rama que muriera, porque yo, parcialmente, había dudado. Pero el divino gurú sabía que el discípulo sanaría; y así, la curación debía efectuarse, aun cuando él tuviera que salvar a Rama de la muerte, enfermedad que usualmente es la final.

Extraído de Autobiografía de un Yogui de Paramahansa Yogananda.