IF I HAVE SEEN FURTHER IT IS ONLY BY STANDING ON THE SHOULDERS OF GIANTS
SIR ISAAC NEWTON

martes, 15 de mayo de 2012

EL CORAZON DE UNA IMAGEN DE PIEDRA, de Autobiografía de un Yogui de Paramanhansa Yogananda.

Como leal esposa hindú, no quiero quejarme de mi esposo. Pero sí quisiera que él cambiara y que fuera menos materialista. El se goza en ridiculizar las estampas de santos que tengo en el cuarto de meditación. Querido hermano, tengo una profunda fe en que tú puedes cambiarlo. ¿Lo harás?.
Mi hermana mayor, Roma, me veía con mirada suplicante. Yo estaba de visita en su casa de Calcuta, en la calle del barrio de Girish Vidyaratna. Su ruego me conmovió, porque ella había ejercido una gran influencia espiritual en mis primeros años, y porque había tratado dulcemente de llenar el vacío que mi madre dejó con su muerte en el seno de la familia.
- Querida hermana, por supuesto que haré todo lo que pueda. -Sonreí, deseoso de borrar la tristeza que manifestaba en su semblante, que contrastaba con su habitual dulzura.
Roma y yo nos sentamos un rato, en oración silenciosa, en busca de ayuda. Un año antes, mi hermana me había pedido que la iniciara en Kriya Yoga, en la cual estaba haciendo progresos notables.
Súbitamente, una inspiración se apoderó de mí.
- Mañana -le dije- voy al templo de Dakshineswar. Por favor, ven conmigo y sugiere a tu esposo que nos acompañe. Presiento qué con las vibraciones de aquel santo lugar la Madre Divina tocará su corazón. Pero por ningún motivo descubras el objeto que nos lleva.
Esperanzada, mi hermana consintió. A la mañana siguiente, muy temprano, me agradó ver que Roma y su esposo estaban listos para el viaje. Conforme nuestro carruaje traqueteaba a lo largo del camino circular que conduce a Dakshineswar, mi cuñado, Satish Chandra Bose, se divertía ironizando y escarneciendo a los gurús del pasado, del presente y del porvenir. Yo observé que Roma lloraba silenciosamente.
- ¡Hermana anímate! -le susurré al oído-. No le des a tu esposo la satisfacción de creer que tomamos sus burlas en serio.
- Mukunda, ¿cómo puedes tú admirar a los farsantes despreciables? -decía Satish-. La sola apariencia de un sadhu es repulsiva; son tan flacos como un esqueleto o tan profanamente gordos como un elefante.
- Yo solté sonora carcajada. Mi reacción de buen humor molestó a Satish, y éste se retiró amurrado. Cuando nuestro carruaje entró a los terrenos de Dakshineswar, echó a su alrededor una mirada desconfiada y, sarcásticamente, preguntó:
- Este viaje, supongo yo, es una treta para reformarme, ¿no?.
Como ya me iba sin contestar sus palabras, me tomó del brazo, diciéndome:
- Joven señor monje: no se olvide usted de hacer los arreglos necesarios con los
guardias del templo para tomar nuestra comida del mediodía.
- Ahora voy a meditar. No se preocupe por su comida -le contesté al punto-; la Madre Divina se encargará de ello.
- Yo no espero que la Madre Divina haga nada por mí. Pero a ti sí te hago responsable de mi comida. -El tono de voz de Satish era amenazador.
Yo proseguí mi camino por el peristilo que está frente al gran templo de Kali, o Madre Naturaleza. Escogiendo un lugar sombreado, cerca de uno de los pilares, me acomodé en la postura meditativa del loto. aun cuando era sólo las siete de la mañana, el sol sería pronto abrasador.
El mundo se me fue alejando conforme me interiorizaba devotamente. Mi mente estaba concentrada en la Diosa Kali, cuya imagen en Dakshineswar fue el objeto especial de adoración del Gran Maestro Sri Ramakrishna Paramhansa. En contestación a sus angustiosas demandas, la imagen de piedra de este mismo templo tomó con frecuencia la forma viviente y conversaba con él.
“Madre silenciosa de corazón de piedra -rezaba yo-: Tú, que te has llenado de vida a la súplica de Tu amado y devoto Ramakrishna, ¿por qué no escuchas también las plegarias y lamentos de este implorante y amoroso hijo Tuyo?”.
+poco a poco, mostrando al fondo la imagen de la Diosa Kali. Gradualmente tomó ésta un forma viviente, sonriendo y moviendo la cabeza como en un saludo, lo cual me llenó de un regocijo indescriptible.
Como con un mágica jeringa, el aire me fue extraído de los pulmones y mi cuerpo
permaneció totalmente inmóvil, aunque no inerte.
Una extática expansión de conciencia subsiguió luego. Podía ver claramente a algunas millas sobre el Río Ganges a mi izquierda, y aún mucho más allá del templo todos los recintos de Dakshineswar. Las paredes de todos los edificios brillaban de transparencia, y al través de ellos podía ver a la gente caminar de un lado para otro en varias acres a la redonda.
Aun cuando me hallaba sin aliento y con el cuerpo en un estado de quietud extraña, sin embargo podía mover manos y pies libremente. Por algunos minutos ensayé abrir y cerrar los ojos; y en ambos casos podía ver claramente todo el panorama de Dakshineswar.
La vista espiritual, como los rayos X, penetra en toda materia; el ojo divino está
centrado en todas partes, y su circunferencia en sí mismo. Entonces confirmé, en el soleado patio, que cuando el hombre cesa de ser un hijo pródigo de Dios absorbido en un mundo físico, verdadero sueño, tan sin base como burbuja, vuelve a heredar su reino eterno.
Si el “escapismo” fuese una necesidad del hombre, clavado a su estrecha personalidad, ¿podría compararse cualquier escape con la majestad de la omnipotencia?.
En mi sagrada experiencia de Dakshineswar, las únicas cosas extraordinariamente agrandadas eran el templo y la figura de la Diosa. Todo lo demás parecía en su forma y dimensiones normales, aun cuando cada una estaba encerrada en un halo de tenue luz blanca, azul y cromo de arco iris al pastel. Mi cuerpo parecía ser de una substancia etérea, pronto a levitarse. Completamente consciente de mi medio ambiente material, veía a mi alrededor y daba algunos pasos sin interrumpir la continuidad de la bendita visión.
Tras las paredes del templo, súbitamente, divisé a mi cuñado, que se sentaba bajo las espinosas ramas de un árbol sagrado de “bel”. Con facilidad pude conocer el curso de sus pensamientos. Aunque ahora eran algo elevado por la santa influencia de Dakshineswar, su mente hacía aún reflexiones poco amables acerca de mí. Me dirigí directamente a la graciosa Imagen de la Diosa.
“Madre Divina -le pedí-, ¿no cambiarás la espiritualidad del esposo de mi hermana?”.
La hermosa imagen, hasta entonces silenciosa, habló por fin: “Tu deseo será cumplido”.
Gozosamente vi a Satish, quien instintivamente parecía darse cuenta de que algún poder espiritual estaba operándose en él; pero se levanto lleno de resentimiento de su asiento en el suelo, lo vi correr alrededor del templo y aproximarse a mí, amenazándome con el puño.
La sublime y amplia visión desapareció. Ya no pude ver a la gloriosa Deidad; el
majestuoso templo, ya sin transparencia, fue reducido a su tamaño ordinario. Y otra vez mi cuerpo sintió los sofocantes rayos solares. Corrí a cobijarme al lado de las columnas, hasta donde Satish me persiguió enojado. Vi mi reloj. Era la una; la divina visión había durando una hora.
- Grandísimo loco -me espetó mi cuñado-, has estado con las piernas cruzadas y los ojos cerrados durante seis horas. Mientras, he ido y venido observándote. ¿Dónde está mi comida? Ahora el templo está cerrado, y a ti se te pasó notificar a sus autoridades; ahora nos hemos quedado sin comer.
La exaltación espiritual que había experimentado a la presencia de la Diosa, permanecí aún latente en mi corazón. Y me sentí fuerte y valiente para decir:
- La Madre Divina nos alimentará.
Satish no se podía contener de ira.
- De una vez por todas -bramó-, me gustaría ver a tu Madre Divina dándonos de comer aquí sin previo arreglo.
Apenas acababa de pronunciar sus palabras, cuando un sacerdote del templo cruzó el patio y se acercó a nosotros.
- Hijo -me dijo-, he estado observando su faz serenamente iluminada durante sus horas de meditación. yo presencié la llegada de sus comitiva hoy por la mañana, y sentí el deseo de separar bastante comida para que ustedes coman. Aun cuando va contra las reglas proporcionar aliento a aquellos que no hacen su petición por anticipado, para ustedes he hecho una excepción.
Agradecido le di las gracias y clavé mi mirada en los ojos de Satish. Se ruborizó de emoción y bajó la mirada en señal de arrepentimiento. Luego fuimos servidos con una comida abundante y sustanciosa, e incluso con mangos fuera de estación. Noté que el apetito de mi cuñado era escaso. Estaba asombrado, profundizándose en un mar de pensamientos. En nuestro viaje de regreso a Calcuta, de vez en cuando me veía con suavizada expresión, y una que otra mirada humilde, como si quisiera disculparse. Pero no volvió a hablar una sola palabra desde el momento en que el sacerdote apareció para invitarnos a comer, como si hubiera sido la contestación inmediata a su reto.
Al día siguiente por la tarde, visité a mi hermana en su casa. Me recibió muy
afectuosamente.
- Querido hermano -gritó feliz-, ¡qué milagro!. Anoche mi esposo lloró abiertamente
delante de mí. “Amada devi -me dijo-, me siento feliz más allá de toda expresión, de que la estratagema de tu hermano para reformarme haya surtido efecto. Voy a deshacer todo el mal que te he hecho. Desde esta noche usaremos nuestra recámara grande únicamente como lugar de adoración, y tu pequeño cuarto de meditación como dormitorio. Estoy sinceramente apenado por haber ofendido tanto a tu hermano. Por la forma vergonzosa en que he estado obrando, me castigaré no hablando a Mukunda en tanto no haya logrado algún progreso en el sendero espiritual. Con reverencia buscaré a la Madre Divina de hoy en adelante; y algún día, seguramente, la encontraré”.
Años después visité a mi cuñado en Delhi. Gocé sobremanera al advertir que había adelantado grandemente en la senda de autorrealización, y al saber que había sido bendecido con la visión de la Madre Divina. Durante mi estancia con él, me di cuenta de que secretamente Satish pasaba la mayor parte de cada noche en meditación divina, aun cuando estaba padeciendo de un mal bastante serio, y de que durante el día trabajaba en una oficina.
Me vino a la mente que la vida de mi cuñado no sería muy larga Roma probablemente leyó mi pensamiento.
Hermano querido -me dijo-, yo estoy sana y mi esposo enfermo. Sin embargo, deseo que sepas que, como abnegada esposa hindú, yo seré la primera en morir1. No pasará mucho tiempo antes de que me vaya.
Desanimado por sus ominosas palabras, sin embargo vi en ellas la punzante verdad. yo estaba ya en América cuando mi hermana murió, un año después de su predicción. Mi hermano menor, Bishnu, me dio más tarde todos los detalles.
-Roma y Satish estaban en Calcuta, en la fecha de su muerte -me refirió Bishnu-; esa mañana se vistió ella con sus atavíos nupciales.
“-¿Por qué ese traje, ahora? -le pregunto Satish.
“-Este es mi último día de servicio para ti en la tierra -contestó Roma.
“Poco rato después tuvo un ataque al corazón, y cuando su hijo corría a traer ayuda, ella le dijo:
“-Hijo, no me dejes. Es inútil que vayas. Ya habré partido antes de que venga el doctor.
“Diez minutos después, deteniendo en sus manos los pies de su esposo, en reverencia, Roma dejó conscientemente su cuerpo, feliz y sin sufrimiento.
“Satish se volvió muy retraído después de la muere de su esposa -prosiguió Bishnu-. Un día él y yo estábamos viendo un retrato grande, donde Roma aparecía sonriente.
“-¿Por qué te sonríes? -exclamó de pronto Satish, como si su esposa estuviera presente-.
¿Tú crees que fuiste muy lista en arreglar todo para irte antes que yo?. ¡Voy a robarte que no podrás por mucho tiempo permanecer separada de mí; pronto me reuniré contigo!.
“Aun cuando por este tiempo Satish estaba ya completamente restablecido de su mal y gozaba de inmejorable salud, murió sin causa aparente alguna, poco después de las extrañas observaciones que hizo ante la fotografía”.
Así, proféticamente, se fueron mi amada hermana mayor Roma y su esposo Satish, que fuera transformando en Darkshineswar, de un hombre mundano en un silencioso santo.
Notas al márgen:
1- La esposa hindú cree que es signo de progreso espiritual si muere antes que su
esposo, como una prueba de su leal servicio a él. Es lo que podría llamarse “morir
bajo el arnés”.

Dios no le pertenece a nadie, a ninguna cultura o religión, él estuvo mucho antes de toda la creación y lo estará después de su extinción.

¿Por qué he de practicar, orar, meditar, ayunar, etc.? para realizar a Dios
Hummm... creo que todas esas cosas lo inventamos como pretextos los hombres
Por que ¿acaso él no está siempre conmigo? que yo sepa nunca se apartó de mí.
Además ¿cómo podría hacerlo? pues soy carne de su carne, aliento de su aliento, vida de su vida.
Como ya se que me dirás: ¿con qué seguridad puedo aseverar que eso?
Mira, cuando dicen las escrituras, que Dios tomó barro para formar al hombre ¿de dónde crees que lo tomó?
¡Pues de él mismo!, si fuera de otro lugar, entonces algún otro Dios lo creo, entonces no es del Dios absoluto del cual hablamos si no de otro menor.
Todo lo creado, el universo lo existente y lo inexistente pertenece a Dios, él lo mantiene, de él salió y regresará a él, sin el nada es posible ni es real.
Así como el sopló su aliento en mí, en ti y en el barro con que un nuevo ser creó.
Por ello mi vida le pertenece y no podría vivir sin su continuo aliento, ni “mi barro” podría existir sin su alimento.
Él es todo, en todos, y todos pueden ser por él, no te confundas no eres por ti, él es en ti, por eso eres, lo que pasa es que te olvidaste,… sólo eso.
Entonces ¿por qué? eso de meditar, ayunar, orar, etc.
El hombre cree que necesita ciertos tipos de purificación (de limpiar el disco duro).
Y de alineación con su origen, cree que hay un camino, un método una forma.
Pero esa es solo su personal especulación.
De Dios nunca salimos, nunca nos fuimos, pues entonces ¿a donde pretendemos llegar?
La mente dual pone siempre su trampa en el pensamiento del hombre.
Te explico: Dios estaba muchísimo antes que el hombre y su personal visión y lo estará aún después de su desaparición.
Dios no le pertenece a nadie, a ninguna cultura o religión, él estuvo mucho antes de toda la creación y lo estará después de su extinción.
Es como decir, que unas cuantas gotas de agua salada, digan que el inmenso mar les pertenece.
El hombre siempre busca disculpas, para de si mismo, no hacerse responsable.
Pero dentro de él lo tiene todo: al maestro, al discípulo y a Dios.
El hombre meditó y oro desde su aparición, sin necesidad de una religión.
¿Cómo? claro si tu llamas orar al pedir y pedir, y querer tu destino redirigir sin que tu esfuerzo tenga que intervenir.
De ese tipo de plegaria no, el hombre oró desde el primer momento, dialogó con todo lo creado y consigo mismo, o sea con Dios.
¿¡Es que acaso, la vida en si misma, no es sagrada!?
Vivir intensamente sin que medie tu pensamiento personal, es meditación en acción
Aún si él ni siquiera hubiera hecho eso, al vivir está siempre repitiendo un sonido, una oración, el sonido de su respiración*.
¿Entonces cuál es la diferencia entre Dios y yo? En que él sabe que son uno, ¿y tú? no te lo crees.

De Poemas a Mi Ego, de Eduardo Buenaventura Díaz.

*So-Ham, Soooo al inspirar y Hammm al expirar se traduce como: yo soy el que soy o también se traduce como, yo soy el absoluto (Dios).

“Si un hombre repite el nombre de Dios su cuerpo, su mente todo el se vuelve puro”.
Ramakrishna.

El cielo siempre hará lo mejor para ti, aún en contra de ti.

En medio de las montañas agrestes dos siluetas trabajan en las laderas, eran el viejo hombre y su aprendiz.
Trataban de convertir la poca tierra que había entre los pedregales en alimentos para sus cuerpos sostener.
Mientras el viejo removía con su azadón las piedras y los ásperos matorrales de aquella región, el novato traía agua en un desvencijado latón.
Maestro ¿te puedo preguntar algo?, inquirió el joven mientras ayudaba, como casi siempre el viejo no contestaba.
Su  respuesta fue: falta más agua aquí, para aflojar la tierra deja de hablar y trae más.
Trayendo lo pedido, el joven siguió insistiendo, es que tengo una inquietud que me preocupa señor.
Sin esperar respuesta siguió, es que anoche estuve en el templo orando por una respuesta del cielo pero nadie respondió.
El viejo siguió agitando el azadón restregando el terreno, por sus sienes caían gotas de sudor, el sombrero levemente aplacaba el sol que ya se mostraba abrazador.
Después de un rato, una carcajada rompió el silencio de la montaña, “si logras que una piedra en forma de un dios te hable, me avisas, que eso si seria digno de verse, jajaja… ¡ah muchacho!
Trae más agua que nos falta poco para sacar estas rocas, el joven refunfuñando contestó, porque en vez de tanto: trae agua, trae agua, un ducto antes no se construyó.
El viejo levantó la mirada y vio al jovenzuelo a los ojos y le dijo: claro lo primero que pensaste es, “a estos viejos tontos lo que les gusta es martirizar a los muchachos como yo”.
Pues la respuesta es ¡si!… ¡trae más agua! te dije.
Cuando el joven trajo más, el anciano continuó, si deseabas comodidades te hubieras quedado en los templos del valle, ahí la vida es más fácil.
Viniste aquí por instrucción, eres fuerte, si no, no hubieras soportado las pruebas de ingreso al templo de la montaña.
¿Acaso no has pensado que acarrear agua tiene un sentido y una función?
Sin esperar respuesta, continuó: los jóvenes están llenos de energía y vitalidad esa fuerza se debe correctamente encaminar para la mente, calmar y permitir, escuchar a los sabios maestros en su hablar.
Por eso traer agua hasta que te canses, trae beneficio a la comunidad y a tu vida espiritual.
Dicho esto guardó silencio nuevamente, ya frisaba el sol el zenit y las águilas que cerca anidaban observaban, el viejo por fin exclamó ¡terminamos por hoy!.
Trae las herramientas y sígueme, cargaron con ellas y prosiguieron hacia el desfiladero, el camino de regreso al encaramado templo. 
Pertenecían a una comunidad de monjes renunciantes, entre sus votos estaba el de no recibir limosnas y el de trabajar por su diario sustento.
Fieles a ello, aún sus más altos dignatarios diariamente domésticas labores realizaban.
Caminando por la empinada calzada y con el sol, que a sus espaldas abrazaba en un recodo guarecido del brillante sol buscaron refugio para descansar.
Cogiendo su lengua barba el anciano respondió: hijo, todas las oraciones son respondidas pero no todas pueden ser escuchadas por el orante.
Tu mente agitada entre tus pedidos, no deja que el sutil mensaje de las alturas en tu corazón anide.
Por otro lado es usual el no querer escuchar lo que nos conviene, para orar hay que ser valientes para aceptar las respuestas de los designios celestes.
Que generalmente contradicen nuestros deseos.
Mientras un pequeño niño camina con su madre por el mercado abarrotado de dulces y juguetes, a su paso y por cada uno que ve, el niño dice: “quiero eso”.
La madre trata de hacerle comprender que no hay dinero o que eso no le conviene, pero el niño insiste y si no lo logra, se tira al suelo llora y patalea.
La madre al ver lo inútil de sus argumentos coge al niño a la fuerza lo levanta y se lo lleva.
Solo cuando el sea adulto y tenga a su vez hijos, sin necesidad de ninguna explicación comprenderá a su madre.
Es más, él ni siquiera se acordará de aquellos episodios de completa desesperación por obtener aquello que para él eran todo en esos momentos: caramelos y juguetes por los cuales hasta hubiera ofrecido su vida. 
Así muchas de las cosas no pueden ser entendidas en nuestro presente estado de desarrollo mental.
Nos parecerá injusta la vida, el cielo mudo y Dios distante e ignorante de nuestras necesidades, aprensiones, inquietudes o penas.
Pero algún día “creceremos” seremos mayores, nuestro estado mental se desarrollará lo suficiente para entender los pareceres del reino celestial.
En tal estado tendremos el conocimiento instantáneo y la razón, del porque no de nuestros quereres, de esos tiempos.
No necesitaremos de que nadie nos lo explique, simplemente lo entenderemos todo.
Quien puede impedir que el hombre ore, nadie ni el mismo Dios.
Es mas, es natural como para el niño llorar. 
Pero ante una negativa del divino, confía hijo mío, confía en El y en su sabiduría.
Ora,
Pero mejor que eso
Escucha…
Mejor que escuchar
Será que sientas (los designios de lo alto) y
Mejor que sentirlo en todo tu ser,
Será que hagas lo que El desea.
El cielo siempre hará lo mejor para ti, aun en contra de ti.
Ahora sigamos y el anciano cargo las herramientas y aquella dulce mirada con que le habló al joven otra vez se tornó en dura y aparentemente indiferente.
Nadie diría que aquel par de hombres jugaban a la sabiduría, ocultos en humildes ropajes humanos.

de Diálogos imposibles, de Eduardo Buenaventura Díaz.

lunes, 14 de mayo de 2012

Vivimos de milagros y de milagro... y es un milagro el que no nos demos cuenta.

Dios se esconde dentro de lo cotidiano y así no aparece como asombroso.
Si ves una cosa por una sola vez y por primera vez dirás es un hecho extraordinario y si se trata de algo imposible es un milagro
Pero si aquello comienza a repetirse una, dos, tres y más veces ya no lo será tanto.
Imagínate a Jesús resucitando muertos de vez en cuando.
Y así hubiera sido si no muere a los treinta y tres años.
Ya no se le vería como tan milagroso, sería con el transcurrir del tiempo algo cotidiano.
Cada vez que atisbamos otro reflejo del diamante de la realidad por primera vez quedamos encandilados, maravillados.
Hemos estudiado al detalle el nacimiento humano, sabemos todo sobre su bioquímica, su fisiología y su naturaleza.
Tanto que dejó de ser: “el milagro de la vida”, para ser algo tan común y cotidiano, vasta ver a los médicos y enfermeras en los hospitales nacionales.
Pero la gestación es un milagro, a pesar de todo y de todos.
Nadie lo puede repetir si no coincide con la voluntad del cielo.
Sí me dirán y la fertilización in Vitro y la clonación y…  ¡y!
Nadie puede crear un espermatozoide y menos un óvulo, menos emparejarlos y que la magia se dé luego para que se multiplique y replique diseñando un nuevo ser.
Vivimos de milagros y de milagro… y es un milagro el que no nos demos cuenta.
Vi una mujer gestando y pensé en los hilos que la vida tuvo que tejer para que eso sucediera.
Aún antes de ella nacer, uno a uno los acontecimientos de toda su vida y de todos sus ancestros estaban dirigidos a que gestara este nuevo ser.
El hijo, el nieto, el bisnieto, el tataranieto, el… de alguien, el fruto de todo el árbol de una vida familiar, de una sangre, de un ADN, que comenzó con el Big Bang.
¡Que maravilla y milagro hay en la vida! y parece tan cotidiano, tan simple, tan superfluo, que hasta… matamos.
Que Dios nos tenga piedad.

de Poemas a mi ego de Eduardo Buenaventura Díaz

sábado, 12 de mayo de 2012

LA MUERTE DE MI MADRE. EL AMULETO MISTICO,de Autobiografía de un Yogui, Paramahamsa Yogananda


El deseo más grande de mi madre era el de casar a mi hermano mayor.
“Cuando yo contemple la cara de la esposa de Ananta, diré que he encontrado el Paraíso en la tierra”.
Con frecuencia oía a mi madre pronunciar estas palabras con el sincero y arraigado sentimiento indio sobre la continuidad de la familia.
Yo tenía once años cuando se verificaron los esponsales de Ananta. Mi madre era feliz en Calcuta, supervisando los preparativos de la boda. Únicamente mi padre y yo habíamos permanecido en nuestra casa en Bareilly, en la parte Norte de la India, a donde mi padre había sido trasladado, después de haber permanecido dos años en Lahore.
Con anterioridad había yo presenciado el esplendor de los ritos nupciales de mis dos hermanas mayores, Roma y Uma, pero por tratarse de Ananta, el primogénito, los preparativos eran realmente meticulosos. Mi madre, en Calcuta, estaba recibiendo a los numerosos familiares que a diario llegaban de distintas partes. Ella los hospedaba en una amplia y cómoda casa que últimamente habíamos comprado, situada en el número 50 de la calle de Amherst. Todo estaba ya listo: golosinas del banquete, el engalanado trono en el cual mi hermano sería conducido a la casa de la novia, las hileras de luces multicolores, los enormes elefantes y camellos de cartón, así como las orquestas inglesas, escocesas e indias, los comediantes y los sacerdotes para la celebración de los antiguos ritos.
Mi padre y yo, con espíritu de fiesta, habíamos acordado ir a reunirnos con la familia en tiempo oportuno para la ceremonia nupcial. No obstante, poco antes del día solemne, tuve una siniestra visión.
Fue a medianoche, en Bareilly: dormía contiguo a la cama de mi padre, en el pórtico de nuestro bungalow, cuando desperté al agitarse el pabellón que cubría mi cama. Las endebles cortinas se abrieron y vi la forma amada de mi madre.
“Despierta a tu padre”. Su voz era sólo un susurro. “Tomen el primer tren que pasa hoy, a las cuatro de la mañana, y vengan rápidamente a Calcuta, si desean verme”.
La forma de la aparición se esfumó.
“¡Padre! ¡Padre! ¡Mi madre se está muriendo!” El terror en mi tono de voz lo despertó inmediatamente. Sollozando, le comuniqué las nuevas.
“No hagas caso de tus alucinaciones”. Mi padre, como de costumbre, dio su negativa a una nueva situación. “Tu madre está con excelente salud. Si recibimos algunas malas noticias, partiremos mañana”.
“Tú nunca te perdonarás el no haber partido luego”, la pena me hizo agregar
amargamente: “Ni yo te lo perdonaré”.
La mañana llegó melancólica, y con ella el aviso con claras y funestas frases: “Madre gravemente enferma. Boda pospuesta, vengan luego”.
Mi padre y yo salimos tristes y consternados. Uno de mis tíos vino a encontrarnos a una estación en donde teníamos que cambiar trenes. Un tren que retumbaba como trueno venía en nuestra dirección con telescópica rapidez. En mi confusión interna, una súbita determinación se aferró de mí, la de arrojarme bajo sus ruedas. Sintiéndome desposeído de mi madre no podía ya soportar un mundo absolutamente vacío para mí. Yo amaba a mi madre como el más querido amigo en la tierra. Sus hermosos y consoladores ojos negros habían sido siempre mi seguro refugio en todas las insignificantes tragedias de mi niñez.
 “¿Vive aún?” Me paré para hacer esta última pregunta.
“¡Por supuesto que vive!” El había comprendido en seguida la desesperación de mi rostro y de todo mi ser. Pero yo no le creí.
Cuando llegamos a nuestra casa en Calcuta, fue únicamente para confrontar el choque aterrador de la muerte. Sufrí un colapso y quedé como sin vida. Pasaron muchos años antes de que mi corazón se tranquilizara. Repiqueteando constantemente a las meras puertas del cielo mi llanto, por fin, consiguió obtener la atención de mi Madre Divina.
Sus palabras trajeron, por fin, el bálsamo que curó mis abiertas heridas:
“¡Soy yo la que he velado por ti vida tras vida, en la ternura de muchas madres! Ve en mi mirada los hermosos ojos que andas buscando”.
Mi padre y yo regresamos a Bareilly poco después de los ritos crematorios de la amada.
Todas las mañanas, temprano, hacía un paseo sentimental, conmemorativo, a un árbol frondoso (“sheoli”), que sombreaba el prado verde y oro que teníamos frente a nuestro bungalow. En raptos poéticos se me antojaba que las flores blancas del árbol se derramaban como para ofrendar voluntariamente una oración ante el altar del prado.
Con frecuencia, entre mis lágrimas mezcladas con gotas de rocío, observaba otra
extraña luz mundana que emergía del amanecer. Intensa ansiedad me asediaba
continuamente; y me sentía por Dios fuertemente atraído hacia los Himalayas.
Uno de mis primos, recién venido de un viaje de las montañas sagradas, me visitaba en Bareilly. Avidamente escuchaba sus relatos acerca de los yogis y swamis 1.
“Vamos huyendo a los Himalayas”. Esta sugestión, hecha un día a Dwarka Prasad, el joven hijo de nuestro casero en Bareilly, no le hizo mucha gracia y le reveló mi plan a mi hermano mayor, quien había venido a visitar a mi padre. Pero en lugar de sonreír con tolerancia por la ocurrencia poco práctica de un muchacho, mi hermano Ananta me ridiculizó acremente.
“¿Dónde está tu túnica anaranjada? Tú no podrás ser un swami sin ella”. Pero
inexplicablemente sus palabras me produjeron una gran alegría, pues me presentaron un cuadro en el que yo me veía peregrinando a través de la India, como un monje. Quizá despertaron memorias de una vida pasada. De cualquier manera, principié a ver con naturalidad que yo podría usar la túnica anaranjada de la orden monástica, tan antiguamente fundada.
Conversando una mañana con Dwarka, sentí tal amor por Dios, que parecía descender como una avalancha sobre mí. Mi amigo apenas escuchaba el torrente de mi elocuencia; pero yo, en cambio, estaba encantado de escucharme a mí mismo.
Esa tarde escapé hacia Naini Tal, al piélago de los Himalayas. Pero Ananta, resuelto a atraparme, me obligó a regresar, con gran tristeza de mi parte, a Bareilly. La única excursión que se me permitía hacer era mi paseo al amanecer, al frondoso árbol. Mi corazón lloraba por las madres idas, humanas o divinas.
La falta de mi madre en el seno del hogar fue irreparable. Mi padré no volvió a casarse, permaneció viudo durante el lapso que sobrevivió a mi madre, que fue casi de cuarenta años. Asumiendo el difícil papel de padre-madre de una pequeña familia, se volvió notablemente más cariñoso, más accesible. Con calma y visión resolvía él todos los problemas de la familia. Después de sus horas de oficina se retiraba como un ermitaño a la celda de su cuarto, en una dulce serenidad, a la práctica de Kriya Yoga. Mucho después de la muerte de mi madre traté de contratar los servicios de una enfermera inglesa, para que atendiera los detalles de la casa, para hacer así la vida a mi padre más cómoda y llevadera. Pero mi padre movió la cabeza negativamente.
“Los servicios para mí han terminado con la partida de tu madre”. Sus ojos profundos tenían una intensa devoción a lo que toda su vida había amado. “Yo no aceptaré servicios de ninguna otra mujer”.
Catorce meses después de la partida de mi madre, supe que ella me había dejado, antes de partir, un mensaje. Ananta estuvo presente al lado de su lecho de muerte y había escrito sus últimas palabras para mí. Aun cuando ella había recomendado que se me comunicara esto al año de su muerte, mi hermano lo había demorado, y estando él próximo para abandonar Bareilly para ir a Calcuta a casarse con la muchacha que mi madre le había escogido 2, una noche me mandó llamar a su lado.
“Mukunda, he permanecido reacio a comunicarte un extraño mensaje -la voz de Ananta tenía un sello de resignación-; mi temor era el que sirviera de aguijón a tus deseos de abandonar el hogar. Pero, de cualquier manera, estás revestido de un fervor divino.
Cuando últimamente interrumpí tu huída a los Himalayas, llegué a esta resolución: no debo posponer por más tiempo el cumplimiento de mi solemne promesa”. Y mi
hermano, entregándome una cajita, me dió el mensaje de mi madre, que decía: “Deja que estas palabras sean mi bendición postrera, mi amado hijo Mukunda.
“Ha llegado la hora en que debo relatarte algunos hechos fenoménicos que siguieron a tu nacimiento. Desde un principio supe lo definido de tu sendero. Cuando tú eras aún un niño de brazos, te llevé a la casa de mi gurú en Benares. Casi oculto detrás de una multitud de discípulos, apenas podía ver a Lahiri Mahasaya, que estaba sentado en profunda meditación.
“Mientras yo te arrullaba, oraba para que el gran gurú se fijara en nosotros y nos diera su bendición. Conforme mi súplica devocional y silenciosa crecía en intensidad, entreabrió sus ojos y me hizo señas para que me acercara. Los que le rodeaban se apartaron respetuosamente para darme paso. Yo le reverencié tocando sus santos pies.
Mi Maestro te sentó en sus piernas, colocando su mano sobre tu frente a guisa de
bautismo espiritual”.
“Madrecita, tu hijo será un yogui. Como un motor espiritual, él conducirá muchas almas al Reino de Dios”.
“Mi corazón se ensanchó de gozo al ver mi plegaria secreta concedida por medio del omnisciente gurú. Poco antes de tu nacimiento él me había dicho que tú seguirías su sendero.
“Después, hijo mío, tu visión de la Gran Luz fue conocida por mí y tu hermana Roma, ya que te contemplábamos desde la habitación contigua, cuando tú estabas sin movimiento en tu cama. Tu pequeña cara fue iluminada, tu voz resonó con firme resolución cuando hablaste de ir a los Himalayas en busca de lo Divino.
“Por estos medios, mi querido hijo, supe que tu sendero está más allá de la ambiciones mundanas.
“El acontecimiento más extraordinario de mi vida me trajo aún mayor confirmación,
acontecimiento que ahora, en mi lecho de muerte, me obliga a darte este mensaje:
“Fue una entrevista con un sabio en Punjab, mientras nuestra familia vivía en Lahore.
Una mañana, precipitadamente, entró a mi habitación el mozo”.
“Señora, un extraño “sadhu” 3 está aquí e insiste en ver a la madre de Mukunda”.
“Estas sencillas palabras tocaron una cuerda sensible dentro de mí. Salí en seguida a saludar al visitante. Inclinándome en reverencia a sus pies presentí que ante mí estaba un hombre de Dios”.
“Madre -dijo-, los grandes maestros desean que tú sepas que tu estancia en la tierra no será larga. Tu próxima enfermedad será la última”.
(Cuando supe por estas palabras que mi madre tenía conocimiento de su corta vida, comprendí por primera vez por qué ella tenía tanta insistencia en acelerar los planes para el casamiento de Ananta. Aunque ella murió antes de la boda, su deseo natural y material era el de presenciar la ceremonia).
“Hubo un silencio, durante el cual no sentí ningún temor, sino sólo una inmensa
vibración de paz. Finalmente, me volvió a hablar”.
“Usted deberá ser la guardiana de cierto amuleto de plata. Yo no se lo daré ahora, hoy; pero a fin de demostrar a usted la veracidad de mis palabras, el talismán se materializará en sus manos, mañana, cuando esté usted meditando. A la hora de su muerte, usted deberá dar instrucciones a su hijo mayor, Ananta, para que conserve el amuleto por un año, y después de este tiempo se lo entregue a su segundo hijo. Mukunda comprenderá el significado del talismán de los Grandes. El deberá recibirlo cuando ya sea el tiempo y esté listo para renunciar a todas las cosas terrenas y principiar su búsqueda vital por Dios. Cuando él haya retenido el amuleto por algunos años, y ya éste haya servido a su objeto, desaparecerá, aun cuando esté guardado en el más secreto lugar, y regresará a su lugar de procedencia”.
“Brindé algunas ofrendas 4 al santo y lo reverencié inclinándome con toda devoción.
Sin aceptar mis ofrendas, partió, dándome su bendición. A la noche siguiente, cuando sentada con mis manos dobladas en la posición usual de meditación, un amuleto de plata se materializó entre las palmas de mis manos, tal como el sadhu lo había dicho. Se hizo manifiesto por su peso y lo liso y frío al tacto. Celosamente lo he guardado por más de dos años, y ahora lo dejo bajo la custodia de Ananta. No estés triste por mi partida, ya que yo seré introducida por mi gran gurú en los brazos del infinito. Hasta luego, mi querido hijo, la Madre Cósmica te protegerá”.
Una ráfaga de iluminación se apoderó de mí con la posesión del amuleto. Muchos
recuerdos adormecidos se avivaron. El talismán, redondo, auténticamente antiguo,
estaba cubierto con caracteres sánscritos. Comprendía que procedía de maestros de vidas pasadas, quienes invisiblemente guiaban mis pasos. Había una significación más, pero uno no puede revelar completamente todo lo interno de un amuleto.
De cómo el talismán se evaporó finalmente, en medio de unas circunstancias bien
desgraciadas de mi vida, y cómo su pérdida era el heraldo de la obtención de un gurú, no puede decirse en este capítulo.
Pero este muchacho, frustrado en sus intentos de llegar a los Himalayas, diariamente viajó lejos en las alas de su amuleto.

de AUTOBIOGRAFÍA DE UN YOGUI, Paramahamsa Yogananda
Notas al margen:
1- La raíz sánscrita de Swami es “El que es uno mismo con su Ser” (Swa). Se aplica a
una orden de monjes de la India, título que tiene el significado de “El reverendo”.
2- Costumbre hindú, según la cual los padres escogen la compañera de toda la vida,
para sus hijos, ha resistido los embates del tiempo. En la India el porcentaje de
matrimonios felices es muy grande.
3- Anacoreta: uno que practica Sadhana o un sendero de disciplina espiritual.
4- Una costumbre de gentil respeto a los “sadhus”



martes, 1 de mayo de 2012

Eso y más eres tú para mí.


SÉ que hay un solo ser que encaja perfecto como un puzzle en el espacio de mi corazón.
Y ese ser, eres tú amor.
La vida depositó en ti un regalo para mí.
En cuerpo y alma eres una respuesta a los sueños de vivir.
Puedo sollozar o reír pero siempre estás en mi.
Un pedazo de cielo y también la tierra en ti, tú eres todo para mí.
Quisiera correr y volar y como la lluvia o el sol, llover y dar la luz.
Para a todos compartir el gran amor que tú me haces vivir.
Eres de mis esperanzas su luz y de mis sueños su ilusión.
La letra de mi poesía y el ansia que se guarda dentro de la sangre mía.
Eso y más eres tú para mí.

1 de Mayo Feliz Cumpleaños Amparix, Eduardo Buenaventura Díaz