IF I HAVE SEEN FURTHER IT IS ONLY BY STANDING ON THE SHOULDERS OF GIANTS
SIR ISAAC NEWTON

miércoles, 13 de junio de 2012

En fin Ira-landia es un planeta al que nunca me gusto ir, pero como dicen en gustos y colores no han escrito los autores, tal vez a usted si.


Todos hemos viajado a otros mundos extraterrestres.
Si piensan que nunca pisaron un platillo volador y por eso no creen en lo que digo
Piensen en esto:
Viajamos en nuestras mentes a mundos distantes, por ejemplo:
Al mundo de la ira y de la violencia, ahí los habitantes son peculiares
Sus rostros están fruncidos y tienen sus ojos encendidos por la sangre que en sus rostros se agolpa.
Su idioma es altisonante y soez, hablan como a ladridos y dando alaridos manifiestan todos a la vez su querer.
Los viajeros que de la tierra van, toman el cuerpo de uno de ellos y se mezclan entre ellos.
En este planeta Hulk es su monarca, no hay construcciones sólo destrucción.
La gente hiede a bilis, a hormonas de estrés y a sudor violento y como dicen los chinos todos están afectados por un exceso de viento.
Creen en el ojo por ojo y en el diente por diente, su religión es el rencor y su práctica la venganza.
Adoran en sus templos a los animales salvajes y el dios de la guerra es su protector.
Obviamente no hay semáforos y todo el mundo hace lo que quiere, ahí predomina una única ley, la del más fuerte.
La gente no se mira a los ojos sólo lo hacen para disputarse algo en reto, desconocen palabras como perdón, lo siento, no fue mi intención.
Si dices por favor puedes ser acusado de sedición y  de ser apologista del amor, lo cual te puede llevar al paredón.
Es por eso que la gente del mundo de la ira y la violencia teme a la paz y el perdón porque eso aniquilará su nación.
En los hospitales hay sólo una especialidad, la gastroenterología y las disfunciones  hepáticas, son de las enfermedades más comunes hígado graso, sarro y cálculos biliares
Se venden muchos antiácidos pero nadie toma magnesol.
Algunos van por turismo y se quedan un tiempito por ahí pero regresan, pero hay otros que se acostumbran y aún se nacionalizan.
Son fáciles de reconocer modales violentos, mirada enfurecida, saliva espesa, sabor amargo y una bella tez verdosa.
Las grasas, el alcohol y la condimentación abundante son los preferidos por los gourmets.
El egoísmo es un deporte y los ególatras son la clase bien 
Como comprenderán es un mundo muy competitivo, la gente casi no duerme y el estrés es un signo de su salud.
Sus hospitales psiquiátricos están llenos de gente que no saben qué hacer, ni a donde ir, la indecisión es el marco de su inacción.
En fin Ira-landia es un planeta al que nunca me gusto ir, pero como dicen en gustos y colores no han escrito los autores, tal vez a usted si.

de Poemas a mi ego, Eduardo Buenaventura Díaz

lunes, 11 de junio de 2012

UN FINAL DE PELÍCULA de DOS HISTORIAS REALES


LA PRIMERA HISTORIA

 Hace ya muchos años, Alphonse Gabriel (“Al”) Capone era el dueño virtual de la Ciudad de Chicago. Capone no era famoso por nada que fuere heroico. Su notoriedad se cimentaba más bien por sembrar la incertidumbre general en la "ciudad de los vientos" y en todo lo relacionado con piratería, extorsión, producción ilegal y contrabando de alcohol, prostitución y asesinatos.

Capone tenía un abogado a quien apodaban “Easy Eddie”.  Y era el abogado de Capone por una buena razón.  ¡Eddie era un buen abogado! bien preparado y astuto. De hecho, las habilidades de Eddie en el manejo de las leyes y manipulaciones legalistas procedimentales, mantuvieron a “Big Al” (el Gran Al) fuera de la cárcel mientras fue su abogado y durante casi toda su trayectoria.

Para mostrar su aprecio, Capone le pagaba muy bien a Eddie.  No sólo con abultados cheques, sino que Eddie gozaba de comisiones y de beneficios especiales también. Por ejemplo, él y su familia ocupaban una mansión cercada con muralla en todo su perímetro, contaba con un tren de sirvientes de todo tipo y tenía todas las comodidades más modernas a la época. La mansión era tan grande que ocupaba toda una manzana de la zona residencial más prestigiosa de la Ciudad de Chicago. Eddie vivía la gran vida de la Mafia de Chicago y le prestaba poca o ninguna consideración a las atrocidades que sucedían a su alrededor.

Pero Eddie tenía una gran debilidad.  Su "talón de Aquiles". Eddie tenía un hijo al que amaba entrañablemente.  Así que Eddie estaba siempre muy pendiente de que no le faltara nada a su joven hijo: ropas, automóviles, lujos, y una buena educación en prestigiosos colegios. Nada era suficientemente bueno para el hijo de Eddie.  El dinero no era obstáculo. Sin embargo, a pesar de su relación con el crimen organizado, Eddie hizo esfuerzos en enseñarle a su hijo la diferencia entre el bien y el mal.  Simplemente, Eddie deseaba que su hijo fuera un mejor hombre que él.

Desafortunadamente, con toda su fortuna e influencia, había dos cosas que Eddie no le podía dar a su hijo: ni un buen nombre, ni un buen ejemplo.  Ello lo impulsó a encontrarse en una encrucijada en su vida y así, un día, Easy Eddie se enfrentó con una terrible decisión.  Easy Eddie deseaba rectificar todo el mal que había hecho.

Con absoluta determinación, Easy Eddie decidió que cooperaría con las autoridades y decir toda la verdad sobre la organización de Al Capone, tratando así de limpiar su nombre manchado, y ofrecerle a su hijo alguna semblanza de lo que significaba la integridad.  Para hacer esto, Easy Eddie tendría que ser testigo ante los Tribunales en contra de La Mafia, y él sabía perfectamente bien el costo que ello conllevaría. Así que Easy Eddie testificó.

Al paso de un año, la vida de Easy Eddie terminó con una ráfaga de disparos y ametralladoras en una solitaria calle de Chicago.  Pero ante sus ojos, como ya lo había comentado ante amigos, él le había dado a su hijo el regalo más grande que él podía ofrecer, y estaba dispuesto a pagar el más alto precio, lo cual en efecto sucedió. La Policía removió el cuerpo de Eddie y en sus bolsillos encontraron un rosario, un crucifijo, un medallón religioso (probablemente de La Virgen María o de algún Santo) y un poema impreso tomado de una revista pegado con un clip.

El poema decía así:

Al reloj de la vida se le da cuerda sólo una vez
Y a ningún hombre le está dado saber
Cuándo las manillas habrán de detenerse
En cualquier temprana o dilatada hora.
El ahora es el único tiempo que te pertenece.
Vive, ama, lucha con un propósito.
No confíes tu fé al tiempo pues el reloj puede pronto detenerse

LA SEGUNDA HISTORIA

La II Guerra Mundial produjo muchos héroes. Uno de ellos fue el Lieutenant Commander (Capitán de Fragata) Butch O’Hare.  Era un piloto de caza, entre los más expertos, asignado al portaviones Lexington, nave madre de la flota del Pacifico Sur de los Estados Unidos.

Un día su escuadrón completo fue enviado de emergencia a cumplir una misión y debieron despegar del portaviones con urgencia. Pero después de encontrarse en vuelo en formación, Butch miró a su medidor de combustible y se dio cuenta que habían fallado en llenarle el tanque completo de su avión. Butch no tendría combustible suficiente para completar la misión y regresar al portaviones.

Butch reportó su situación a su jefe del escuadrón quien le ordenó regresar al portaviones.  Con mucho pesar, Butch se salió de formación y se dirigió de regreso a la flota que navegaba por el Pacifico Sur comandada por su portaviones. Pero mientras regresaba a su nave madre, se dio cuenta de algo que le heló la sangre: un escuadrón completo de cazas Japonés se dirigía a toda velocidad hacia la flota Americana.

Los cazas Americanos habían ya salido a otra misión dejando a su flota completamente indefensa. A Butch no le daba tiempo de regresarse y alcanzar al escuadrón de cuya formación había salido y llegar a tiempo para defender y salvar a la flota.  Pero se dio cuenta además que tampoco tenía tiempo de llegar o aproximarse a la flota lo suficientemente para avisarles del ataque Japonés que se avecinaba.

No había salida, solo le quedaba intentar desviar al escuadrón japonés para alejarlos de la flota.

Dejando de lado todo pensamiento de seguridad personal, Butch se enfiló de lo alto en picada hacia la formación de los aviones Japoneses.  Activó sus ametralladoras Calibre 50 montadas en sus alas y comenzó a disparar alocadamente mientras cargaba directamente hacia la formación japonesa. Así logró derribar a un primer enemigo sorprendido y otro más y otro más. Butch se desplazaba con mucha agilidad entre el escuadrón japonés desconcertado  al que ya lo había hecho romper formación y continuaba disparando tanto como pudiera a tantos aviones japoneses como les fuere posible hasta que sus municiones se agotaron.

Aun así, sin temor alguno, Butch continuó en el asalto.  Se enfilaba hacia los aviones tratando de tocar las alas o sus colas con la esperanza de dañar tantos aviones enemigos como le fuere posible de manera de que les imposibilitara volar y tuvieren que aterrizar forzosamente en el mar o simplemente retirarse.

Así, finalmente, el exasperado escuadrón japonés se dirigió hacia otra dirección al momento,  seguramente producto de la orden de su comandante ante la inmensa confusión reinante.

Muy aliviado, Butch O’Hare y su estropeado avión caza se dirigió accidentado de regreso a su portaviones.  Butch había sobrevivido.

Al aterrizar, reportó lo sucedido y relató los eventos que había tenido que enfrentar a su regreso después de haber salido de su formación. Las películas montadas en las ametralladoras corroboraron su historia.  Demostraron a qué extremo Butch llevó su coraje para proteger a su flota.  Butch había – de hecho - derribado cinco aviones enemigos y otros tantos no derribados por el,  habían aterrizado forzosamente en el mar.  Estas películas son todavía famosas. Todo esto sucedió el 20 de Febrero del año 1942, y por esta acción, Butch llegó a ser el primer =As Naval= de la II Guerra Mundial, y el primer Piloto Naval en concedérsele la Medalla de Honor del Congreso de los Estados Unidos. Un año más tarde, Butch pereció en combate aéreo a la edad de 29 años.  Su ciudad natal de Chicago no permitiría que la memoria de este héroe de la II Guerra Mundial se desvaneciera. Y así es como hoy, el Aeropuerto O’Hare de Chicago se llama precisamente así en tributo y honor a este gran joven héroe norteamericano. De manera que la próxima vez que te encuentres en O’Hare International, dedícale un momento a meditar sobre el heroísmo representado en ese nombre dado al Aeropuerto y tómate un tiempo para visitar el monumento Memorial con la estatua de Butch O’Hare y su Medalla de Honor del Congreso, que se encuentran entre los Terminales 1 y 2.

¡Ah!...Pero... ¿Qué tienen que ver estas dos historias entre sí?

¿Cómo se relaciona la una con la otra?

Butch O’Hare es el hijo de “Easy Eddie”, el abogado de Al Capone…

martes, 5 de junio de 2012

Quien ama puede al fin nacer y plenamente vivir.

Los lazos que unen a los seres son de una naturaleza indescifrable.
Y es mejor que queden así en el espacio del no saber.
Siempre me pareció el amor increíble de creer y el de cómo puede ser.
No sabes el tiempo, no sabes el lugar, pero lo seguro es que el encuentro se dará.
Ni antes ni después sólo cuando estés interiormente maduro, el fruto lo podrás saborear.
De entre millones de posibilidades encuentras a alguien que es compatible con cosas tan intimas de ti.
Con alguien que gusta el mismo aire que respiras y al que anima los mismos latidos que a ti te apasionan.
Ante el amor  todas tus materiales conquistas quedan simplemente minimizadas y pierden su trascendencia.
Y tú que creías que ya lo habías vivido todo.
Pero el elixir del sagrado amor te despertó de tu ilusión.
A partir de ahí te das cuenta que no sabes como pudiste haber vivido así.
Y la vida se desplaza y en medio de ella tu flotas en una armoniosa danza, donde tu corazón no teme latir con todas las fuerzas de tu ser.
Por que descubriste que ese ser seria incapaz de dañarte a ti.
Eso te da la paz donde puede florecer el amar.
Esa preciosa y delicada flor que todos desean tener pero que pocos saben reconocer y mantener.
Benditos los que supieron que amaban y no dejaron que esa llama por nada y por nadie se apagara.
Y así será esa, la luz que en todo el viaje, en el mar de tu vida siempre te acompañe.
Será refugio en la tormenta, abrigo en el hastío y el regocijo que tus esperanzas animen.
Quien tiene un sueño tiene derecho a tener una ilusión
Una motivación por qué luchar
Y un sueño que lo hará volar
Pero quien tiene un amor recién tiene derecho a tener corazón
Una motivación para su pulsar
Y la facultad para gozar
Quien ama puede al fin nacer y plenamente vivir.

de Poemas a mi ego de Eduardo Buenaventura Díaz

martes, 22 de mayo de 2012

Esa es la única posibilidad de adquirir la perennidad en la “felicidad”

Es un gran tesoro que adquirirás, tan preciso como el que más.
Cuando te percates del tipo de mente que te acompaña en el presente.
Ese conocimiento te permitirá decidir tu futuro.
Pues cultivando lo bueno de el (de la mente) y apartándote de sus puntos débiles, aquellos que te ocasionan malestar y/o sufrimiento a los demás.
Así entrenarás a un preciado instrumento (tu mente) para lograr tus anhelos.
Pero también tendrás la gran oportunidad, si así tú lo deseas de conocer sin tu “mente” tu interior.
La mente y sus tendencias acumuladas en el pasado son las que te hacen ver el mundo como lo ves.
Si deseas ver al mundo tal cual, desnudo del ropaje impuesto por el conocimiento.
Deberás reconocer que tú, no eres la mente.
Si no que este (la mente) es un instrumento de tu conocimiento, tal cual son los cinco sentidos para la mente.
A través de la cual observas, piensas, conoces y creas el mundo que te rodea Incluyendo lo que piensas de ti.
El “espacio” que queda (sin la mente) no es un “vacío”, si no uno pleno de amor, sabiduría y potencialidad pura.
Así lo afirman los maestros despiertos.
Ese espacio del ser, es lo que sustenta todo el no ser, que aparece en el entorno, que a diario observas con apariencia tan real.
Esa es la única posibilidad de adquirir la perennidad en la “felicidad”
Abandona la mente y sumérgete en lo real: tú verdadero ser.

De Poemas ami ego, Eduardo Buenaventura Díaz

Y que el amor sea tu devoción y tu fe

Si hay una sola religión que es el amor
Y el amor es servir
Y el servicio es el amor en acción
Entonces servir es religión 
Si Dios es amor, entonces servir es Dios en acción
Todos servimos para algo, todos somos buenos en algo, todos tenemos una virtud que ejercer.
Ese es el medio como Dios se manifiesta a través de ti.
Es como el cielo se hace carne, como se transforma en acción.
A si El hace sus milagros, a través de ti
Entonces déjalo Ser en ti.
Por ello:
Que tu religión sea tu labor.
Que tu adoración sea tu diario servicio a los demás
Que tu Dios sea el amar
Que el amor sea tu devoción y tu fe
Y aprenderás a amar, como yo te ame.

de Poemas a mi ego, de Eduardo Buenaventura Díaz

Y si admites y reconoces su amor y sabiduría experimentarás la FE.


Orar puedes, pedir no debes.
Tu mente es limitada, para con sabiduría saber lo que debes. (Pedir)
Por ello deja a la divinidad que "pida" por ti y acepta su voluntad en ti.
Dios es el centro del universo, ¿de acuerdo?
Pero... ¿cuál es el centro, en el infinito universo?
!Todos los puntos en especial, ninguno en particular¡
Por lo que tú eres el centro del universo también...!Dios está en ti¡...¿por qué lo buscas sólo en los cielos?
“Cuando hablas con tu sagrado corazón, desde tu humano corazón”.
¿Sabías que estás orando?...
Hacer eso siempre debes (hablar con tu corazón, desde el corazón)
Y como dicen: ¿cuándo oras hablas con Dios?
Ojala sepas discernir entre el diálogo con tus propias ideas nacidas de tus limitaciones y el diálogo con la divinidad.
Es por ello que necesitas ¡no hablar!,
Aprende a guardar silencio y escuchar al maestro de la compasión y sabiduría (el sagrado corazón)
Orar es aprender a escuchar con el corazón al corazón.
Emite tu inquietud en forma simple, clara y sencilla y luego calla, el corazón es inocente no entiende de habladurías.
Su "palabra" al principio es muy, muy débil y (te) pasará desapercibida.
Es por ello necesario el silencio y la quietud al principio.
Aunque cuando aprendas, la reconocerás aún en medio de la ensordecedora multitud.
No esperes un discurso, jajaja...el corazón no es un político esperando que creas en el, él ES.
Debes estar dispuesto a escuchar, ¡no lo que tú deseas! si no la verdad.
Por ello es generalmente breve, concreto y franco.
No esperes palabras, pueden ser sensaciones, imágenes o internas seguridades.
Aprenderás a reconocer su "idioma" poco a poco.
No esperes que siempre te responda de la manera convencional, puede usar cualquier medio, desde el viento hasta... un periódico.
Recuerda él está unido al todo, pero ese medio usado no es un capricho, analiza el porqué, ya que todo tiene un sentido.
Por ello medita en sus respuestas y verás que todo se aclarará.
Recuerda orar no es repetir algo de memoria, lo lícito es sentirlo.
Así mejor que pedir, es aceptar... admitir su inefable amor.
Mejor que orar hablando, es escuchar... reconocer su sabiduría.
Y si admites y reconoces su amor y sabiduría experimentarás la FE.
Y así aprenderás a creer completamente en Dios.
Y dirás… ¡Que se haga tu voluntad en mi señor!

De Poemas a mi ego de Eduardo Buenaventura Díaz

lunes, 21 de mayo de 2012

EL SANTO QUE NO DUERME, de Autobiografía de un Yogui de Paramahansa Yogananda.


“Por favor, permítame que marche a los Himalayas. Espero adquirir, en medio de una soledad imperturbable, una comunión divina ininterrumpida”. En cierta ocasión dirigí estas ingratas palabras a mi Maestro. A tenaceado por una de esas inexplicables desilusiones que de vez en cuando asaltaban al discípulo, sentí una creciente impaciencia con los deberes cotidianos de la ermita y los estudios en el colegio. La única circunstancia atenuante es que esta proposición se la hice a mi Maestro cuando apenas llevaba seis meses de estar con Sri Yukteswar y aún no había comprendido lo inconmensurable de su estatura espiritual.
“Muchos hombres viven en las montañas de los Himalayas y, sin embargo, no tienen la percepción de Dios”. La contestación de mi Maestro vino lenta y sencilla. “La sabiduría se busca mejor al través de un hombre de realización, que al través de una montaña”.
Pasando por alto la insinuación clara de mi Maestro que él y no una montaña era mi instructor, volví a repetir mi súplica. Sri Yukteswar no me dio ninguna contestación y yo tomé su silencio como un tácito consentimiento, una interpretación precaria que se acepta para la propia conveniencia.
Esa noche, en mi casa de Calcuta, estuve atareado con los preparativos del viaje.
Amarré algunos artículos en el interior de una cobija, recordando al hacerlo un bulto similar arrojado a hurtadillas por la venta de mi buhardilla, unos cuantos años antes, y pensando si este nueve viaje, sería también sólo una nueva escapatoria de mala surte hacia los Himalayas. La primera vez mi gozo espiritual era exaltado; pero esa noche me sentía apenado a la sola idea de dejar a mi gurú.
A la mañana siguiente busqué al pandita Behari, mi profesor de sánscrito en el Scottish Church College.
- Señor, usted me ha hablado de su amistad con un gran discípulo de Lahiri Mahasaya.
Por favor, deme usted su dirección.
- ¿Usted se refiere a Ram Gopal Muzumdar? Yo le llamo “el santo que no duerme”, pues está siempre despierto, en conciencia extática. Su casa está en Ranbajpur, cerca de Tarakeswar.
Le di las gracias y tomé inmediatamente el tren para Tarakeswar. Esperaba silenciar mi conciencia obteniendo una sanción del “santo que no duerme”, para concentrarme en meditación solitaria en los Himalayas. El amigo de Behari, según supe, había recibido la iluminación después de muchos años de práctica de Kriya Yoga en las aisladas cuevas.
En Tarakeswar me aproximé a un famoso santuario que los hindúes veneran y
consideran lo mismo que los católicos el santuario de Lourdes, en Francia.
Innumerables milagros han ocurrido en Tarakeswar, incluyendo entre ellos uno hecho a un miembro de mi familia. La mayor de mis tías me dijo: “Yo me senté en el templo durante una semana, observando un ayuno completo, orando por el alivio de tu tío Sarada, de un mal crónico que le aquejaba. En el séptimo día, una hierba se materializó en mis manos. La maceré e hice un té para tu tío. Su mal desapareció inmediatamente y nunca más ha vuelto a aparecer”.
Entré a la capilla del santuario de Tarakeswar. El altar no contiene nada más que una piedra redonda. Su circunferencia, sin principio y sin fin, es una representación significativa del Infinito. Las abstracciones cósmicas no son difíciles aun a los más humildes campesinos hindúes, que han sido acusados por los occidentales de vivir de puras abstracciones.
Mi actitud en aquel instante era tan austera que no me sentí inclinado a reverenciar el símbolo de piedra. Dios debe buscarse, pensé, únicamente dentro del alma.
Abandoné el templo sin hacer siquiera una genuflexión, y airosamente salí de él hacia la Villa de Ranbajpur. Mi llamada a un transeúnte para orientarme causó en él una larga reflexión: “Cuando llegue usted a la encrucijada de un camino, tome su derecha y siga caminando”, dijo por fin, con aire de oráculo.
Obedeciendo sus instrucciones, vagué a lo largo de los bancos de un canal. La oscuridad se aproximaba; los suburbios del villorrio estaban llenos de luciérnagas, así como de aullidos de chacales que por ahí merodeaban. La luz de la luna era demasiado tenue para darme alguna seguridad, y así seguí tropezando durante dos horas.
Por fin, con alegría, escuché el tintineo de un cencerro, y a mis repetidos gritos se
presentó un campesino.
- Ando buscando a Ram Gopal Babu.
- Ninguna persona de ese nombre vive en esta villa. -Su tono de voz era seguro-.
Probablemente es usted un detective mentiroso.
Tratando de acallar las sospechas de su perspicacia política conturbada,
persuasivamente le expliqué mi difícil situación. Entonces me condujo a su casa y me concedió su amable hospitalidad.
- Ranbajpur está lejos de aquí -me dijo-. En el cruce de los caminos debió usted tomar a la izquierda y no a la derecha.
Con gran tristeza pensé que mi primer informante era desde luego una verdadera
amenaza para los caminantes. Después de una cena con arroz, lentejas dhal y curry con papas y plátanos crudos, me retiré a una pequeña choza adjunta al huerto. A lo lejos los campesinos de la villa cantaban, acompañados del grave son de las “mridangas”1 y címbalos. Esa noche el sueño fue inconciliable. Oré fervientemente por ser conducido al secreto yogi Ram Gopal.
Tan pronto como los primeros rayos del alba penetraron por los intersticios de mi
oscura morada, me levanté para seguir mi camino a Ranbajpur. Atravesando por campos de arroz recién cortado, tropecé con espinos y montículos de barro seco. De vez en cuando me encontraba con algún campesino, quien invariablemente me informaba que mi meta final distaba únicamente una “krosha” (dos millas). En seis horas el sol había viajado victoriosamente del horizonte hasta el meridiano; pero yo principiaba a sentir que siempre me hallaría distante de Ranbajpur por una krosha.
Al mediodía mi mundo seguía siendo un campo de arroz interminable. El calor, cayendo de un cielo inclemente, me iba aproximando a un inevitable colapso. Como viera venir a un hombre de aspecto y paso mesurados, apenas me atreví a hacerle la tan repetida pregunta, por temor de recibir la siempre monótona contestación: “Sólo una krosha”.
El caminante se detuvo a mi lado. Era ligero y corto de cuerpo, físicamente sin
importancia, con excepción de sus hermosos ojos oscuros y penetrantes.
“Había pensando abandonar Ranbajpur, pero el objeto de tu visita es bueno y decidí esperarte”. Y tronando sus dedos en mi sorprendida cara, me dijo: “¿No eres lo suficientemente listo para darte cuenta que sin previo anuncio tú no podrías encontrarme qué, señorito, no reverenció al Infinito en el símbolo de piedra que vio usted ayer en el templo de Tarakeswar? 2. Su orgullo ha sido castigado por el caminante que le dio una mala dirección, ya que él no quería molestarse en hacer distinciones entre la derecha y la izquierda. ¡Y hoy ha tenido un día bastante desagradable!”.
De todo corazón estuve de acuerdo, maravillosamente sorprendido de que un ojo
omnisciente se ocultara tras un cuerpo tan insignificante, como el que estaba ante mí.
Una energía curativa fluía del cuerpo de aquel yogui, pues inmediatamente me sentí refrescado y vigorizado en medio de aquel campo ardiente.
 “El devoto se inclina a creer que su sendero hacia Dios es el único”, dijo. “Yoga, al
través de la cual la divinidad es hallada dentro, es, indudablemente, el sendero más elevado, como nos lo ha dicho Lahiri Mahasaya. Pero al descubrir al Señor en nosotros, pronto lo percibimos en el exterior. Los santuarios de Tarakeswar y los de cualquier otra parte, son justamente venerados como centros nucleares del poder espiritual”.
La actitud censora del santo se desvaneció; sus ojos se suavizaron compasivamente y me dio unos golpecitos en el hombro.
“Joven yogui, ya veo que usted está huyendo de su Maestro. El tiene todo lo que usted necesita. Usted debe regresar a él. Las montañas no pueden ser su gurú” Ram Gopal repetía el mismo pensamiento que Sri Yukteswar había expresado durante nuestra última entrevista.
“Los Maestros no están bajo ninguna compulsión cósmica que limite su residencia”. Mi acompañante me miró inquisitivamente. “Los Himalayas de la India y del Tíbet no tienen ningún monopolio de santos. Lo que uno no se preocupa en hallar dentro de sí, no puede ser descubierto transportando del cuerpo de acá para allá. Tan pronto como el devoto quiere ir al fin del mundo por su iluminación espiritual, su gurú se le aparece cerca”.
Lo reconocí en silencio, recordando mi plegaria en la ermita de Benares, seguida por el encuentro con Sri Yukteswar, en el concurrido barrio de Benares.
“¿Puede usted disponer de un cuarto pequeño, en donde pueda cerrar la puerta y estar solo?”
“Sí”. Comprendí luego que el santo descendía de lo general a lo particular con una
velocidad desconcertante.
“Esa es su Cueva”. El yogi me lanzó una mirada de iluminación que nunca he olvidado.
“Esa es su montaña sagrada. Allí es donde encontrará el reino de Dios”.
Sus sencillas palabras desvanecieron inmediatamente mi larga obsesión por los
Himalayas. En medio de un abrasador campo arrocero, desperté de mis encumbrados sueños de montes nevados.
“Joven, su sed por lo divino es muy laudable. Siento un gran cariño por usted”. Ram Gopal me tomó de la mamo y me condujo a una cercana aldehuela. Las casas de adobe estaban techadas con hojas de palma y adornadas con rústicas entradas.
El santo me hizo sentar bajo una umbrosa plataforma de bambú de su pequeño huerto.
Después de darme jugo de lima endulzado y un pedazo de azúcar cande, entró a su patio y asumió la postura del loto. Como a las cuatro horas abrí los meditativos ojos y vi la monolítica figura del yogi que aún seguía inmutable. Mientras yo estaba recordando a mi estómago que el hombre no sólo de pan vive, Ram Gopal se aproximó a mí.
“Ya veo que está usted hambriento; la comida estará lista pronto”. El fuego fue
encendido en un horno de barro en el patrio, y arroz y dhal me fueron pronto servidos en grandes hojas de plátano. Mi anfitrión rehusó cortésmente mi ayuda para atender los menesteres de cocina. “El huésped es Dios”, es un proverbio hindú que desde tiempo inmemorial ha sido devotamente observado. En mis recientes viajes por el mundo, me ha encantado ver que se sigue el mismo respeto para los viajeros en diferentes países. El habitante de la gran ciudad encuentra, sin embargo, bastante mellada esta hospitalidad por la superabundancia de caras nuevas cada día. Los emporios humanos me parecían remotos y oscuros en tanto me sentaba al lado del yogui en aquella pequeña y aislada aldehuela. La habitación de la casa era misteriosa por su atenuada y suave luz. Ram Gopal arregló algunos cobertores rotos en el piso para que me sirvieran de cama; y él mismo se sentó en una estera de paja. Abrumado por su enorme magnetismo espiritual, me aventuré a hacerle una súplica. “Señor, ¿por qué no me concedes el “samadhi”?
“Querido mío, con gusto le concedería el divino contacto, pero no está en mi mano
hacerlo”. El santo me vio con entrecerrados ojos. “Su maestro le concederá esa
experiencia pronto. Su cuerpo no está todavía lo suficientemente afinado, a tono; así como una pequeña lámpara no puede resistir un voltaje excesivo, así sus nervios no están todavía preparados para la corriente cósmica. Si yo le diera el éxtasis infinito ahora, se quemaría como si cada célula suya alzara llama. “Usted está pidiéndome la iluminación a mí -continuó el yogui a media voz-, mientras que yo me pregunto, en mi insignificancia, y con las pequeñas meditaciones que he hecho, si habré logrado agradar a Dios y qué mérito puedo encontrar ante sus ojos, al recuento final”. “Pero, Señor, ¿no ha estado usted buscando a Dios sincera concienzudamente por largo tiempo?”.
“No he hecho mucho. Behari debe haberle dicho algo de mi vida. Durante veinte años ocupé una gruta secreta, meditando dieciocho horas seguidas. Luego me fui a una cueva inaccesible y permanecí allí por veinticinco años, entrando en unión yogística por veinticuatro horas diarias. No necesitaba dormir, porque estaba siempre con Dios. Mi cuerpo estaba más descansado y en completa calma en la supraconsciencia, de lo que puede estarse en el ordinario estado subconsciente”.
“Los músculos se relajan durante el sueño, pero el corazón, los pulmones y el sistema circulatorio siguen en constante trabajo. Estos no descansan. En el estado de supraconsciencia, los órganos internos permanecen en un estado de suspensión, electrizados por la energía cósmica. Por este medio he encontrado innecesario dormir desde hace años. Tiempo llegará en que usted también hará caso omiso del sueño”.
“¡Santo cielo! ¿Usted ha meditado por tan largo tiempo y todavía no está seguro del favor de Dios? -Le miré asombrado-. Entonces, ¿qué nos queda a nosotros, pobres mortales?”.
“Bien; pero ¿no ve usted, mi querido joven, que Dios es la Eternidad misma?. Pretender que uno pude conocerle a El plenamente por cuarenta y cinco años de meditación es como formularse una expectación a posteriori. Babaji nos asegura, desde luego, que aun una pequeña meditación lo salva a uno del terrible temor a la muerte y de los estados post-mortem. No fije su ideal espiritual en una pequeña montaña; fíjelo en la estrella de la inclasificada realización de lo divino. Si usted trabaja con tesón, lo conseguirá, sin duda”.
Conmovido por lo que me decía, le supliqué que me diese mayor luz. Entonces me
contó una maravillosa anécdota con relación a su primer encuentro con el maestro de Lahiri Mahasaya: Babaji 3.
Cerca de la medianoche, Ram Gopal entró en silencio y yo me acosté sobre los
cobertores. Cerré los ojos y comencé a ver ráfagas relampagueantes; todo mi vasto espacio interior era una cámara de luz radiante. Abrí los ojos y observé la misma radiación deslumbradora. La habitación se tornó en una infinita cámara, como la que mirase en la interna visión.
“-¿Por qué no se duerme?”
“-Pero, Señor, ¿cómo podría dormir en presencia de ese relampaguear cegante, ya tenga los ojos cerrados o abiertos?
“-Bendito eres tú con esta experiencia; las radiaciones espirituales no se ven
fácilmente”. El santo agregó unas palabras más de afecto.
Al amanecer, Ram Gopal me dio cande en trozos y me dijo que debería partir. Sentía tanto tener que abandonarlo, que no pude evitar que las lágrimas surcaran mis mejillas.
“No dejaré que te marchas con las manos vacías”, y añadió tiernamente: “haré algo por ti”.
Sonrió y me miró fijamente; yo permanecí clavado a la tierra, y una gran calma me
circundaba, como si una poderosa creciente me entrase por los ojos. Instantáneamente fui curado de mi dolor en la espalda, el cual me venía atormentando intermitentemente por años. Renovado y bañado en un océano de gozo luminoso, ya no lloré. Después de tocar los pies del Santo, salté a la jungla, abriéndome camino por entre la tropical maleza hasta llegar a Tarakeswar.
Allí hice una segunda peregrinación al famoso santuario y me arrodillé con fervor ante el altar. La piedra redonda se agrandó ante mi visión interna, hasta que se convirtió en la esfera cósmica, anillo tras anillo, zona tras zona, toda saturada de divinidad.
Una hora después tomé el tren alegremente para Calcuta. Mis viajes terminaron, no en las vastas montañas, sino en la himaláyicas presencia de mi Maestro.
Notas al márgen:
1 Tambores tocados con las manos y usados únicamente para música devota.
2 Esto nos recuerda la observación de Dostoiewski: “El hombre que no se inclina ante nada, no podrá soportar nunca la carga de sí mismo”.
3 Véase páginas 297-300 (capitulo XXXIV )